25 de abril de 2007

terminal

fotografía de Saltwater Taffy

La habitación trescientos siete no tiene ventanas a la calle, o por mejor decirlo, al pasillo sobre el que se asoman el resto de cuartos del Big Horn Inn. En el baño, húmedo y pequeño, alguna vez funcionó un sencillo extractor de olores —un ventilador minúsculo incrustado en un agujero de la pared—, que ahora ha sustituido sus aspas por bolas compactas fabricadas con papel higiénico. Ni siquiera tiene uno de esos aparatos de aire acondicionado antiguos y ruidosos, que jamás faltan en los moteles más humildes del Medio Oeste, casi tan omnipresentes como la máquina de los hielos, que en este tugurio dejó su lugar a una pila de aluminio sobre la que gotea un grifo oxidado.
La puerta de la habitación que ocupa el señor Richard H. Weissman, a diferencia de las demás, está al final de un pasillo sin salida, un hueco estrecho y oscuro que separa los bloques tres y cuatro, tapizado con una moqueta despeluchada que algún día fue de un solo color —verde quizá, o azul, no podría asegurarlo.
Cuando decidió retirarse a morir en paz, el señor Weissman no soñó ni por asomo con encontrar un alojamiento tan apropiado como aquel. Tuvo que sobornar a Mike, el recepcionista, y a la camarera de habitaciones, una chicana pequeña y preciosa que respondía al nombre de Trinidad, para que no asomaran la nariz por allí, —no quiero que me limpien el baño, que me cambien las sábanas o que oreen la habitación, algo que, por otra parte, supongo físicamente imposible —había dicho con su sonrisa sarcástica mientras dejaba doscientos dólares para cada uno sobre el libro de firmas.
La noche en la que llegó —hace ahora quince días— Richard dejó pagados dos meses por adelantado, a pesar de que el doctor Mainer, el oncólogo más optimista de cuantos había conocido en su periplo de casi dos años, de clínica en clínica, no le auguró más que tres semanas de vida, cuatro a lo sumo. No era la primera vez que Robert Mainer enviaba a alguien a dar, como él decía, el último paseo, y por eso sabía muy bien lo que un enfermo terminal necesitaba cargar en su mochila.
Le preparó seis cajas de morfina con veinticuatro dosis cada una, suficientes para evitar el más mínimo sufrimiento en la etapa final, tres más de Tramadol para los primeros dolores agudos —los que acompañarían a la descomposición lenta del hígado—, otras tres de Metoclopramida, con dosis individuales que podría disolver en una taza de té cuando aparecieran las náuseas, y por último, en un pastillero de plata que él mismo le había comprado en un puesto del Soho, una única dosis letal de algo que no quiso confesar, pero que le aseguró sería indoloro y fulminante.
Todas las habitaciones del Big Horn Inn disponen, cómo no, de aparato receptor de televisión, Biblia en el cajón de la mesilla y una guía telefónica con la mitad de las páginas arrancadas. Todas menos la trescientos siete, de la que el señor Weissman, por sugerencia de su médico, solicitó —otros doscientos dólares a cambio— que se retiraran. Este último viaje debía hacerse en completo aislamiento exterior, salvo por las tres comidas diarias que Trinidad se encargaba de dejar junto a la puerta.
Lo único que Robert Mainer le pidió a cambio —igual que al resto de sus paseantes— fue un permiso por escrito para realizar la autopsia del cadáver, que junto a uno de sus ayudantes, se encargaría de recoger personalmente cuando llegara el momento. Eso y un compromiso verbal de no revelar a nadie el lugar al que le habían llevado, ni el motivo por el que estaría allí.
En el paquete que preparó el doctor, además de los medicamentos y el papeleo legal, se incluía un teléfono móvil un tanto peculiar, en el que las teclas de los números habían sido sustituidas por un único botón, un círculo rojo que debería pulsar justo después de ingerir la pastilla final. Esa sería la señal.
Richard H. Weissman, al que llamábamos cariñosamente Rick, había regentado durante cuarenta años un pequeño restaurante judío en el West Side, a dos manzanas de la comisaría diecisiete, desde la que estoy redactando el informe policial.
Cuando le diagnosticaron el cáncer hepático —el día de Halloween de hace dos años—, Rick ya había cumplido los setenta. A partir de ahora —decía con voz seria —no voy a tener más remedio que cobraros al contado, por si palmo antes de que saldéis vuestras cuentas. Supongo que de tanto verlo a la hora de comer, le considerábamos casi uno de los nuestros. Y quizá también por eso se ofreció a colaborar con nosotros en la detención.


Ayer, miércoles diecisiete de junio de mil novecientos noventa y siete, a las diecinueve horas y quince minutos, Richard H. Weissman, de setenta y tres años de edad y residente en Nueva York, falleció en el Big Horn Inn, un hotel de la carretera sesenta y seis, en el estado de Alabama, por la ingesta de un veneno mortal que le suministró su médico, el doctor Robert L. Mainer. Cuando el acusado, acompañado por uno de sus ayudantes, se personó en el citado hotel con intención de llevarse el cadáver del señor Weissman, fue detenido por los agentes Harper y Medina, adscritos a la comisaría diecisiete de Nueva York, desplazados hasta Alabama para tal fin, junto a dos agentes de uniforme del mismo distrito y una patrulla de carretera. Los cargos que se han presentado contra el doctor Mainer son, entre otros, los de inducción al suicidio, prescripción indebida de medicamentos, transporte ilegal de cadáveres y, si la investigación lo corrobora, tráfico ilegal de órganos humanos.


Después de leer en voz alta el informe, Rick ha descorchado una botella de su mejor vino kosher para los compañeros y una de agua Perrier —la quimioterapia no le permite otra cosa— para él. Antes de brindar con nosotros, mientras jugaba entre los dedos con un pequeño pastillero de plata, ha dicho:
—Si de verdad estuviera muerto, esta situación no me resultaría tan tremendamente graciosa.

1 comentario:

maraña dijo...

A mí es que con todas estas historias se me queda la sensación de que son pequeñas novelas, como si contaras demasiados cosas en poco espacio.

Háztelo mirar, si eso.
Chiki