10 de septiembre de 2007

moscas

Fotografía de Sara.musico

Jamás he matado a una mosca que no lo mereciera.
Sí, ya sé que Dios, en su inmensa sabiduría, decidió no dotar a esas aladas tocapelotas de la inteligencia suficiente para evitarnos —para evitarme—, para retirar voluntariamente de su dieta la piel muerta que tanto les agrada mordisquear de mis brazos, de mis tobillos y de mi cara, sobre todo la de mi cara. Pero antes de aplicar sobre esos cuerpecitos asquerosos el golpe definitivo, suelo avisar tres o cuatro veces; al principio con manotazos airados pero incruentos, después con golpes de trapo o calcetín que llegan a desviar el rumbo de vuelo de la mosca pero no pretenden lastimarla, tan solo son avisos de que se está equivocando de restaurante. Pero al final siempre la joden. Vuelven una y otra vez, con los cubiertos en las patas y una pequeñísima servilleta colgando de las alas, reclaman en pasadas rasantes una ración epitelial que yo no les he ofrecido, me obligan a levantarme, me joden la siesta y entonces la máquina de matar se pone en marcha. Ahora ya es una cuestión personal. Procuro no matarlas del primer golpe; me detengo a observar cómo agonizan en movimientos concéntricos y malgasto saliva repitiéndoles que se lo había advertido, que les di tres oportunidades antes de empuñar la fusta amarilla con forma de mano, antes de esparcir sus miserias por la alfombra del salón.
No soy un tipo violento, lo juro, jamás he matado a un hombre que no lo mereciera.

2 comentarios:

maraña dijo...

:-)
Clavao.
bienvuelto al mundo de la tecla

Chiki

La más mala dijo...

Pues yo estoy por contratarte para matarme unos moscones que me perturban la ya de por sí jodida cotidianidad.
¿Me dices tu tarifa? Eso sí, confío en tu profesionalidad. Espero que seas un matón limpito.

Besos justicieros.