7 de marzo de 2007

Penélope

fotografía de Last Ruby Petal


El nombre verdadero de Penélope no lo sabe nadie, aunque dudo que al resto de internos les importe lo más mínimo. Desde que ingresó en el módulo de estancia prolongada, todos los intentos por sacar una palabra de sus labios han sido inútiles, diría que hasta contraproducentes. Penélope vive encerrada en una concha áspera e impenetrable, un pozo cuyo fondo se difumina en sus pupilas ausentes y se hace invisible.


—¿Cómo está hoy mi chica favorita? Vamos, tenemos que ponernos en marcha ahora mismo. Tu admirador prometió que estaría aquí a las diez, y son ya más de las ocho.


Natalia se ha ocupado de Penélope casi desde que llegó a la clínica. La asistenta social que la trajo contó que llevaba años sentada en el mismo banco de la estación de ferrocarril de Torralba, un pequeño pueblo de La Mancha, y que jamás había consentido en moverse de allí más que para ir a dormir a casa de su hermana, quien se ocupaba de alimentarla, vestirla y procurarle algo de higiene personal. Tras la muerte de la hermana, hace ahora dos años, Penélope no tuvo más ayuda y las autoridades provinciales decidieron internarla aquí de por vida.


—Tenemos que ponernos guapas para impresionarle, pero antes tienes que decirme quién es —Natalia se levantó y adoptó una postura casi inquisitoria—, de qué lo conoces y por qué insiste tanto en verte. No, a mí no puedes hacerme el número de la pobre autista, ya lo hemos hablado muchas veces y no vas a lograr que me lo crea. Sí, claro, ya sé que siempre soy yo la única que habla, pero ambas sabemos que entiendes perfectamente lo que te digo.


Penélope estaba más alterada que de costumbre, como si algo dentro de esa coraza en la que vive estuviera a punto de estallar, un grito callado durante años que buscara escapar por su boca para inundar de palabras el silencio a su alrededor. Natalia ya lo había notado ayer, cuando le comunicó la llamada de aquel hombre, y ha visto cómo la excitación iba en aumento mientras se acercaba la hora de la visita.



—El negro ni hablar —dijo Natalia, mientras lanzaba el vestido sobre la cama—, que es muy triste. Hoy nos vestimos de celeste y no se hable más, salvo que tú prefieras otra cosa, claro. ¿Cómo dices, verde? —acompañó la pregunta con una torsión de cuello exagerada, como si de verdad Penélope hubiera dicho algo y se estuviera esforzando por aguzar el oído—, el color de la esperanza, pues me parece bien, pero no sé si tenemos zapatos que hagan juego con el verde. O quizá a él no le guste ese color. Por cierto, señorita —ahora con brazos en jarras y un toque a medias entre broma y sarcasmo—, es bastante guapo ese tal Juan Villegas, aunque si te soy sincera, yo creo que no se llama así; tiene mucha más pinta de llamarse Alberto.


La muralla de Penélope se resquebrajó al oír ese nombre. Después de tantos años sin escucharlo, un pequeño resorte se activó en esa cabeza dormida y provocó la aparición casi inmediata de una lágrima, la primera que Natalia había visto resbalar por las arrugas prematuras de aquel rostro tan querido.


—Perdóname, por favor, he sido un poco cruel, pero tú tampoco me lo pones fácil. Ayer te mentí respecto al nombre porque la doctora insistió en que lo hiciéramos despacio, sin sobresaltos que pudieran empeorar tu situación, aunque yo le respondí que tu situación ya era bastante mala. Tienes que contármelo si quieres que te ayude; haznos ese favor a las dos.


—Le-quie-ro —dijo arrancando cada sílaba desde el fondo de ese pozo en el que vivía sumida.


Natalia rompió a llorar antes incluso de que terminara de decirlo. Las dos se abrazaron con fuerza y permanecieron así, empapándose en lágrimas de alegría, hasta que la megafonía les avisó de la apertura del comedor y el olor a café de puchero inundó de familiaridad el dormitorio.


—No digas nada más —el dedo índice de Natalia cubrió con delicadeza los labios de Penélope—, cuando terminemos el desayuno, nos vestimos y me lo cuentas todo. Tenemos más de una hora para ponernos al día. No sabes lo feliz que me hace escuchar al fin tu voz.


Penélope apenas probó las galletas de canela que hacían las monjas, bebió menos de media taza de café y salió hacia su cuarto con tanta prisa que a Natalia le costó seguirle el paso. Sentada a los pies de la cama, con las manos apoyadas sobre las rodillas, Penélope comenzó a hablar despacio y extrayendo, casi con dolor, una a una las sílabas de su boca. Natalia le acariciaba el pelo y le secaba las lágrimas que dejaban, poco a poco, paso a palabras cortas y mal enlazadas, a ideas desbordantes que se solapaban y atropellaban sin orden aparente.


—Alberto… para mí… esperar… esperar… volveré… te quiero… Alberto.


—No tengas prisa, cariño —ahora sentada también en la cama, Natalia le cepillaba el cabello—, tómate todo el tiempo que quieras, y sigue llorando si eso te ayuda. Yo no pienso moverme de tu lado.


Contó y lloró, contestó a cuanto le fue preguntado y siguió llorando, contagió su llanto y ambas hablaron, ya con más naturalidad y fluidez, de aquel amor perdido hacía casi medio siglo. Un viajante joven y atractivo, un amor furtivo y apasionado, una despedida corta y la promesa de un reencuentro a la que vive aferrada.


Casi una hora y cinco pruebas de vestidos y zapatos más tarde, entre carcajadas de alegría, las dos salieron hacia el salón de las visitas. El reloj del pasillo marcaba las diez menos cuarto.


—Si no dejas de reírte de esa manera, Alberto va a pensar que estás como un cencerro.


—Esto es un manicomio, tú lo sabes, sí que estoy loca, o estaba loca, pero ahora todo va a cambiar, te lo prometo.


Un minuto antes de las diez, las puertas del salón se abrieron casi tanto como los ojos de Penélope. Después de discutir un buen rato, habían decidido que se colocara de espaldas a la entrada, sentada frente a la enfermera, para que ésta le contase con detalle todo lo que fuera ocurriendo.


—No te pongas nerviosa, cariño, pero acaba de entrar en este momento —Natalia sujetó con fuerza las manos de Penélope. Lleva un abrigo negro muy elegante. Se lo está quitando. Traje azul marino y camisa a rayas blancas y naranjas.


—Es él, seguro. Siempre fue tan elegante —dijo con la sonrisa a punto de salirse de su cara.


—Se ha sentado en uno de los sillones de orejas y está mirando hacia aquí ¿Quieres que le invite a acercarse o necesitas más tiempo para prepararte?


Penélope no contestó. Decidió no esperar más y se levantó despacio, segura de sí misma y convencida de lograr recuperar con su amante el tiempo perdido durante su ausencia; pero no tenía ni idea de cuánto había durado esa espera. Se acercó hacia la entrada con aire juvenil y un movimiento alegre de caderas, escudriñando a cada paso los rostros de quienes, a esa hora, empezaban a abarrotar la sala de visitas. Se detuvo, uno por uno, en los que ocupaban los cinco sillones de cuero, pero ninguno se parecía al joven que ella recordaba.


—Vámonos —le dijo a Natalia mientras trataba de arrastrarla por el brazo—. Aquí sólo hay viejos. Alberto es joven y guapo. No ha venido.


Fueron sus últimas palabras. Antes de llegar a su cuarto, la coraza ya había envuelto a Penélope, su boca estaba seca y sus ojos perdidos para siempre en el pozo del recuerdo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Ahora sí.
Chiki

Elsa Von Brabant dijo...

Una historia preciosa.Como ves, sigo leyéndote.No me lo perdería por nada. Enhorabuena.

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho. Me temo que tendré que sacar ratos para leer estas epístolas poco a poco. Besos, Santi.

Juan Carlos Márquez dijo...

Las hermanas no cuentan aunque sean profas, Yisus, porque no son objetivas. Chúpate esa, chiki. Eh, no le digas a tu hermana que me he metido con ella, que es de armas tomar...