6 de febrero de 2008

Manuel

Fotografía de Mat

Manuel García nunca ha sabido decir que no, ni siquiera cuando le va en ello la herencia. Por eso asiente, con mirada tierna y dubitativa, cuando la enfermera pronuncia su nombre desde la puerta blanca que cierra la sala de espera. El documental del lunes a mediodía dejaba poco lugar a la duda: cuarenta años recién cumplidos obligan, como poco, a una visita rutinaria al urólogo, a pesar de la casi segura promesa de un imprescindible tacto rectal —guante de goma por medio—, capaz de detectar el estado previsiblemente deteriorado de la próstata cuarentona.
Manuel no tiene demasiada idea de lo que es la próstata, ni falta que le hace, piensa él. Tampoco entiende la parafernalia de mascarillas verdes y gorros multicolor que le rodean en el quirófano cuatro, aunque no se plantea ni por asomo discutir con el doctor Vaquero el motivo de un despliegue similar. Los tres pinchazos hipodérmicos en la zona baja de los testículos ni siquiera le hacen reaccionar —ni sospechar— ante el modus operandi de una supuesta revisión rutinaria. El documental no hablaba en ningún momento de una práctica tan radical. Cuando el bisturí hace su aparición en el sobre el tapete verde, Manuel asume que ya es tarde para reaccionar.
Mientras sale de la clínica, Manuel no es capaz de calcular —aunque lo intenta— la probabilidad de que, en una ciudad de provincias como la suya, apenas sesenta mil almas niños incluidos, dos individuos se llamen exactamente igual, acudan el mismo día a la consulta del urólogo, y sea él, curiosamente, quien abandone el lugar con un testículo de menos.
Puede que María no lo note, piensa él, entretenida como está con los preparativos de la boda.

1 comentario:

maraña dijo...

De aquí a las casualidades de Auster, un pasito
Besos