20 de febrero de 2008

Manuel y María

Fotografía de Redsnap

Manuel enciende un cigarrillo con la mano derecha mientras guarda la izquierda en el bolsillo del abrigo y sumerge la cabeza en la bufanda de lana gris hasta casi pegar las orejas, ateridas, a la base de los hombros. No ha dejado de nevar en todo el día, y la acera en la que permanece inmóvil, apenas protegido bajo la balconada del primer piso, acumula ya más de una cuarta de nieve que se ha ido congelando con la llegada de la noche. Antes de conocer a María, se habría reído de una situación como esta, por inverosímil y ridícula casi la habría considerado como uno de esos sueños pesados, fruto de digestiones a medio terminar, como los que le acompañaban después de cualquiera de las fiestas que montaba en el apartamento, pero desde que ella se vino a vivir con él las costumbres de Manuel son muy distintas. Y él también.
Por la acera de enfrente caminan a paso ligero dos individuos de estatura mediana y complexión fuerte, casi gordos comparados con la extrema delgadez que observa Manuel a diario en el espejo del baño. Hace meses que se acabaron en su dieta los fritos y los platos precocinados —María ni siquiera le permite una cerveza con las comidas—; el mismo día en que ella llegó desaparecieron de la puerta de la nevera los imanes con teléfonos de pizzas, hamburguesas y comida china a domicilio.
Manuel se desplaza despacio, arrastra la espalda contra la pared del edificio, hasta abandonar el halo de luz que proyecta la farola sobre la nieve; esconde el cigarrillo tras la palma de la mano y adopta una pose inmóvil y tensa, mientras los dos extraños, que no parecen haberse percatado de su presencia, continúan examinando con más prisa que disimulo el interior de los coches aparcados a lo largo de la calle. En una mecánica casi ensayada, el primero de ellos, algo más corpulento y embutido casi a presión en una cazadora de cuero negro, se planta junto a la puerta del copiloto y simula encender un cigarrillo mientras el otro, con una pequeña linterna de luz azul apenas apreciable desde la otra acera, busca ese monedero olvidado que logre arreglarles la noche.
Manuel jamás fue capaz de robar ni una mísera chocolatina en la tienda de chuches de doña Catalina, mientras sus amigos salían con los bolsillos a rebosar de bolsas de pipas, emanems y palos de regaliz embadurnados en azúcar. Tan solo lo intentó una vez, forzado por los demás bajo la amenaza de excluirle de la pandilla, y el sudor le empapó entonces la camiseta de tirantes igual que ahora le corre a chorros por la mano helada que aún oculta el cigarrillo. Ese mismo sudor, acompañado de temblores propios de un anciano y de un tartamudeo rayano en el ridículo, es el que aparece con cada bronca de María. Y como cada vez que lo intenta con ella, tampoco ahora puede contenerse ante la proximidad de los extraños, que están ya frente a él, parados —paradojas de la vida— en la puerta de su coche, del de María en realidad porque él ya nunca conduce cuando van juntos, decidiendo si merece o no la pena desvalijarlo.
Haz algo, Manuel, por amor de Dios, haz algo —se repite en silencio, como siempre le dice ella. Tiene que pensar deprisa pero las ideas se amontonan y el tiempo parece detenido. Y como tantas veces antes — en el patio del colegio, en el barracón ocho del campamento militar de Cerro Muriano, en el burdel Paraíso, al que le llevó su padre tras la jura de bandera—, el miedo que le agarrota las piernas y apenas le permite respirar bloquea cualquier atisbo de reacción. Mientras aprieta el puño dentro del abrigo tratando de contener el temblor, se percata de que lleva en el bolsillo el teléfono móvil, y por primera vez agradece que María le obligue a llevarlo siempre encima, aunque sea para bajar a fumar. Ahora tiene que valorar si merece la pena actuar, y piensa que si saca el teléfono para avisar a la policía llamará la atención de los ladrones, y que por muy deprisa que quisieran llegar no lograrían evitar el enfrentamiento, y de nuevo las imágenes se agolpan en su cabeza impidiéndole razonar, porque la inseguridad ciudadana llena los titulares de los telediarios, y las sirenas de las ambulancias le aturden los oídos y la sangre tiñe la nieve bajo sus pies, y María llora sin ganas mientras atiende a los primeros periodistas, aunque en realidad el silencio es abrumador y el color que ensucia el hielo de la acera es amarillo, y el calor que le desciende por las piernas le devuelve a la misma escena de la que no se ha movido nadie. Tan solo la nieve, que cae ahora con más fuerza, parece ajena a tanta inmovilidad.
Ante el espejo del ascensor, Manuel intenta recuperar el aliento, se seca las lágrimas con la manga helada del abrigo y trata de ocultar la mancha humillante del pantalón. Y se da prisa en subir, no sea que las acelgas se le queden frías.

7 de febrero de 2008

Manuel y los insectos

Fotografía de Walsh

Es lunes, y Manuel acaba de terminar su desayuno, consistente como cada día en un gran tazón le leche chocolateada, galletas maría untadas con mantequilla y media tostada de pan integral bañada en aceite de oliva virgen, aunque prefiere no plantearse qué significan la integridad del pan o la virginidad de las olivas. Después de la visita obligada al cuarto de baño, sale al jardín trasero, periódico en mano, y se regala cuarenta minutos de lectura a la sombra del sauce americano, el primero que plantó, cuando la casa aún era poco más que un plano a medio dibujar.
Aprovechando la apertura de la puerta, una escolopendra de casi medio metro —quizá no medía más de quince centímetros, la verdad— se adueña de la pared de la cocina ante la mirada aterrada de Manuel.
Si se puede vivir sin un huevo —y da fe de que así es—, se puede prescindir de comer caliente, y si deja la ventana abierta, tarde o temprano el ciempiés gigante terminará por desaparecer. Luego solo queda lo de contárselo a María, claro, pero por suerte para los tres, la joven esposa no regresará de su viaje hasta el jueves a media tarde.
Manuel asume su nueva condición de realojado sin derecho a cocina con la misma frialdad con la que adoptó su papel de eunuco funcional: sin alterarse. Modifica su patrón alimentario y sustituye con poco ruido los pucheros y caldos variados por ensaladas de bolsa aliñadas con queso de sobre; fritos y rebozados se convierten, vía Carrefour, en litros de bífidus activo con sabor a fresas silvestres, piña o melocotón. Por suerte para Manuel, tanto la cubertería de plata como la vajilla de sargadelos permanecen en el salón desde el día de la boda, y en la pila del cuarto de baño se puede improvisar, al menos temporalmente, un fregadero convencional.
El martes transcurre sin sobresaltos para los dos habitantes de la casa, y salvo las cuatro incursiones visuales que —cada hora— realiza Manuel desde el quicio de la puerta, su comunicación es prácticamente nula. Con los espacios y derechos bien delimitados, la convivencia se desarrolla en un ambiente de mutuo respeto. Pero la anécdota se hace costumbre, y tras un pacífico aunque tenso miércoles, cuando el bípedo y el ciempiés disfrutan de sendos desayunos en habitaciones contiguas, Manuel considera que la relación ha prosperado y, con tal ánimo, determina que su nuevo inquilino le permitirá sin alterarse una incursión de medio minuto al servicio común de microondas. El colacao se disuelve fatal en la leche fría.
Rompiendo el pacto mutuo de no invasión, la escolopendra aprovecha el hueco abierto en la defensa de Manuel para adueñarse, en un movimiento digno de cinturón negro de judo, del sofá de cuero blanco con esquina de cheslón —regalo de boda de su suegra—, el sancta santorum de huevosolo y la que sería, bien lo sabe el tapicero, su última morada como insecto terrenal.
Horas después, mientras abre la puerta del taxi que le llevará al aeropuerto, Manuel repite —en silencio esta vez— el discurso con el que justificará ante María la enorme mancha de sangre en el sofá, la evidente fragilidad de la cerámica de sargadelos y, sobre todo, antes de que sea demasiado tarde, la inminente necesidad de mudarse a un pisito en el centro; algo mono, en un cuarto piso, aunque sea sin ascensor.

6 de febrero de 2008

Manuel

Fotografía de Mat

Manuel García nunca ha sabido decir que no, ni siquiera cuando le va en ello la herencia. Por eso asiente, con mirada tierna y dubitativa, cuando la enfermera pronuncia su nombre desde la puerta blanca que cierra la sala de espera. El documental del lunes a mediodía dejaba poco lugar a la duda: cuarenta años recién cumplidos obligan, como poco, a una visita rutinaria al urólogo, a pesar de la casi segura promesa de un imprescindible tacto rectal —guante de goma por medio—, capaz de detectar el estado previsiblemente deteriorado de la próstata cuarentona.
Manuel no tiene demasiada idea de lo que es la próstata, ni falta que le hace, piensa él. Tampoco entiende la parafernalia de mascarillas verdes y gorros multicolor que le rodean en el quirófano cuatro, aunque no se plantea ni por asomo discutir con el doctor Vaquero el motivo de un despliegue similar. Los tres pinchazos hipodérmicos en la zona baja de los testículos ni siquiera le hacen reaccionar —ni sospechar— ante el modus operandi de una supuesta revisión rutinaria. El documental no hablaba en ningún momento de una práctica tan radical. Cuando el bisturí hace su aparición en el sobre el tapete verde, Manuel asume que ya es tarde para reaccionar.
Mientras sale de la clínica, Manuel no es capaz de calcular —aunque lo intenta— la probabilidad de que, en una ciudad de provincias como la suya, apenas sesenta mil almas niños incluidos, dos individuos se llamen exactamente igual, acudan el mismo día a la consulta del urólogo, y sea él, curiosamente, quien abandone el lugar con un testículo de menos.
Puede que María no lo note, piensa él, entretenida como está con los preparativos de la boda.

31 de enero de 2008

terminal cuatro

Fotografía de Alex Pérez

Minerva34 se ha levantado hoy una hora antes de lo habitual, lo que en general no parecería gran cosa si no fuera porque para ella, de lunes a sábado, el hábito implica dejar la cama a las cuatro y media de la madrugada, para acudir puntual a su trabajo en la cafetería de la nueva terminal. De camino a Barajas, repasará una vez más el poema que anoche no logró asimilar, y cuando llegue aprovechará el tiempo robado al sueño para tratar de contestarle —el cibercafé, como la mayoría de las tiendas libres, no cierra en toda la noche—, aunque aún no está segura de si él acudirá. El suelo de la cocina está frío, como cada noche al levantarse, y mientras la ducha le devuelve parte de la realidad perdida entre las sábanas, el café ya ha llenado con su aroma los escasos veinte metros de la buhardilla.
Cuatro horas después, Valiente106 unta sin prisa las tostadas integrales con una margarina rica en oleonosequé —el médico le ha prohibido acercarse siquiera a las grasas animales—, les añade la mermelada baja en calorías y, aprovechando que María se distrae atusando el uniforme a las gemelas, deja caer una cucharada de azúcar en el descafeinado, lo revuelve sin ruido y se acerca distraído hasta la mesa del ordenador. Si ha contestado, mentirá diciendo que hoy vienen los americanos y que tendrá que acercarse a por ellos. El vuelo —ayer tuvo la precaución de comprobarlo— llegará a la terminal cuatro según lo previsto, y como a esas horas el tráfico suele estar fatal, prefiere invitarles a comer en el mismo aeropuerto. A fuerza de repetirlas, las excusas suenan en su voz más naturales que la verdad.
En el autobús nocturno, durante cerca de media hora, se mezclan sin confundirse los viajeros madrugadores y los trabajadores de la terminal. Los primeros repasan con nervios ilusionados una multitud de papeles, documentos y guías de viaje, billetes y pasaportes perfectamente ordenados en riñoneras de piel que se ciñen como lapas a sus barrigas orondas. Los segundos —todos salvo Minerva34— aprovechan para recuperar minutos a un sueño rácano, desubicado, del que no lograrán deshacerse, con suerte, hasta bien pasado el mediodía. Ella también sueña, despierta, con una relación ficticia que sólo conoce por las telenovelas, con unas manos fuertes y cariñosas que la acaricien despacio desde el amanecer, con esa verja blanca de madera que cierra el pequeño jardín en el que crecerán, junto a sus hijos, rosales enanos y trepadores. A punto de cumplir los cuarenta, se imagina en ese mismo autobús ojeando una guía ilustrada de las ruinas precolombinas, mientras Valiente106 le rodea con suavidad la cintura y la besa en el cuello, camino de una larga luna de miel.
La rosa, roja, la ha cogido del ramo que adorna la recepción del hotel, igual que ha hecho otras veces, y seguro como está de lograrlo, reserva ya la habitación a nombre del doctor Vilafont, recién llegado en el puente aéreo y sin tiempo para pernoctar en la capital. Fue ella quien sugirió el detalle de la flor, aunque la suya será blanca y lucirá firme —como un faro guía que le atraiga hacia su luz— en la solapa del traje negro que Marina, la dependienta mulata que regenta una pequeña boutique en la dutifrí, le ha prestado para la ocasión. Ha sido la caribeña la que le ha recomendado el poema de Martí, que tampoco entiende muy bien, como el de anoche, pero que su amiga le asegura cargado de entrega y sensualidad; ella también se ha tomado la tarde libre y andará por ahí, rondando el restaurante, actuando una vez más como carabina en la sombra, por si la cita cibernética resulta mal —por si no resulta.
A las dos y media, ante a un espejo gigantesco, recién duchada y con el Armani negro a medio abrochar, Minerva34 dibuja con precisión de delineante el contorno granate de sus labios, igual que ha visto hacer docenas de veces a sus heroínas de culebrón, mientras la mujer que se maquilla frente a ella la mira y esboza una sonrisa tímida, nerviosa. La mesa del restaurante no estará lista hasta las tres, pero desde la puerta se puede ver casi toda la barra. Nadie lleva encima una flor. En la puerta de embarque diecisiete se anuncia la salida inminente del vuelo con destino a Cancún. Entre la multitud de parejas que arrastran maletas hacia la entrada, Valiente106 permanece inmóvil con el teléfono pegado a la oreja. Un hilo de sudor fino y caudaloso le atraviesa la frente y desciende brillante hasta la punta de la nariz. A sus pies, una rosa roja se deshace bajo las ruedas de los carros de equipaje y al otro lado del hilo, con la PDA sobre la mesa, María le recita, entre lágrimas, un poema de Martí.

27 de diciembre de 2007

amor carnal

Fotografía de Zoëtrix

Una mañana de mayo, al entrar en el vagón del metro camino de mi oficina, me sorprendió la imagen de una libélula enorme que leía el periódico. Estaba sentada en el asiento central de una fila de tres, con las alas extendidas hasta ocupar las dos plazas colindantes, mientras los demás, apretujados, nos esforzábamos por no perder el equilibrio asidos a la barra del techo. No se trataba de una libélula más, de las que revolotean por encima de charcas y estanques, de las que aparecen retratadas en libros infantiles o tatuadas en la espalda de alguna que otra adolescente díscola, ésta era especial: sabía leer.
Lo segundo que llamó mi atención fue que no se trataba de un periódico gratuito, de esos que reparten en la puerta de la estación, era uno de tirada nacional y venta en los quioscos, de los que cuestan un euro. Y me pregunté, ¿dónde guardará el dinero este bicho? ¿Habrá robado el diario? ¿Desde cuándo saben leer las libélulas?
Entre pregunta absurda y respuesta vacía, había llegado a mi destino sin darme cuenta. Un par de codazos y dos porfavores me permitieron acercarme despacio hasta la puerta, desde donde me giré para echar un último vistazo a aquel insecto descomunal, pero ya no estaba. Había dejado el periódico perfectamente doblado sobre el asiento y se había colocado a mi espalda —gracias al hueco dejado por un grupo de quinceañeras uniformadas—, batiendo con suavidad unas alas de casi medio metro de envergadura, que hacían un ruido monótono y punzante, parecido al de los helicópteros que sobrevuelan Madrid.
Ese zumbido me acompañó hasta la puerta principal del edificio de oficinas en el que trabajo, franqueó sin problemas el torniquete de control de acceso y se dirigió hacia los ascensores esperando —entonces yo aún no lo sabía— mi llegada.
Carmen —así como dijo llamarse más tarde— salió conmigo del ascensor en la planta diecisiete, siguió mis pasos hasta la puerta de mi despacho y al fin, cuando la curiosidad venció al miedo y me atreví a mirarla fijamente, comprobé encantado que me sonreía. Igual que me ha sonreído esta mañana mientras sobrevolaba nuestra cama.

Mis padres, al principio, disimularon con torpeza su malestar ante esta extraña relación amorosa, pero no pudieron —no supieron, tal vez— reprimir el asco ante la visión de su primer nieto alado. Tampoco en la maternidad se esforzaron por fingir aprecio hacia mi primogénito; incluso una de las enfermeras se atrevió a calificarlo de engendro. Carmen la oyó desde su habitación, seis plantas más abajo, y aunque ya habíamos discutido antes sobre sus costumbres antropófagas, no pudo evitar matarla. Ni comérsela.
Debería haberle puesto remedio antes, lo sé, y oportunidades tuve para hacerlo, pero al principio, como entre enamorados se perdonan con placer casi todos los mordiscos, pues te dejas hacer. Y los pájaros, los ratones y hasta los insectos, bien mirados, llegan a parecerte apetecibles cuando te los ofrece tu amada.
Quizá cuando la encontré en el patio trasero devorando al gato persa de la vecina, podría haber adoptado una actitud más contrariada, como si de verdad me estuviera molestando. Y sobre todo, flaqueé aquella vez en la que arrancó de cuajo el brazo izquierdo de un urbano que pretendía multarla y se lo empezó a comer en plena calle. Sé que ahora ya es tarde para lamentos.
Cada mañana, cuando la veo salir con los tres pequeños por encima de la valla, en perfecta formación de caza, alzando después el vuelo en círculos concéntricos perfectos —mamá en el más exterior, controlando la evolución de los cachorros que juegan a hacer espirales cuando creen que ella no les ve—, solo espero que mis alas terminen de desarrollarse cuanto antes.

7 de noviembre de 2007

El último vuelo

Fotografía de Hansbrinker

Soy gordo. Soy asquerosamente gordo. Soy el ser humano más gordo que conozco. Lo único que tengo es exceso de peso en todo el cuerpo. Tengo los dedos gordos. Tengo las muñecas gordas. Mis ojos son gordos. (¿Puedes imaginar ojos gordos?) Tengo muchos kilos de más. Se desparrama la carne sobre mí como el chocolate caliente encima de un helado. Pero soy un gordo feliz.
No estoy loco ni atravieso crisis alguna de identidad, la grasa en la que nado bajo la piel aún no ha invadido la materia gris que sustenta mis emociones y mi razón. Simplemente estoy vivo, disfruto de mis sentidos con plenitud de facultades y, por encima del resto de placeres a los que me entrego sin mesura, soy capaz de volar.
El vuelo al que me refiero no es del tipo de los que se experimentan a lomos de un potro lisérgico —aunque con menos años, he cabalgado a galope tendido en todo tipo de animales y vehículos reales e imaginarios—, hablo de volar en el sentido más literal de la palabra, de elevar mi cuerpo a muchos metros del suelo y desplazarme en las tres dimensiones físicas del espacio, de emular a los pájaros en ascensos y picados vertiginosos, que harían palidecer de envidia a gaviotas y petreles.
Mi bautismo aéreo consistió en un recorrido breve y atropellado entre las mesas del restaurante chino de la esquina, después de ganar una apuesta estúpida a otros tres comedores compulsivos de rollitos primaverales. Cuando intenté correr hacia el baño para deshacerme de los siete últimos cilindros aceitosos, los pies se me despegaron del suelo y comencé a chocar con las mesas que se ponían a mi paso. Nadie se percató entonces de mi torpe vuelo y, salvo el propietario, que me invitó amablemente a no volver a pisar jamás su local, el resto de comensales se fijaron más en el destrozo producido al aterrizar contra el cuadro de la cascada móvil que en el hecho de que mi cuerpo —atlético entonces, quién lo diría viéndome en este estado— llegara hasta la puerta del baño sin rozar una sola de las baldosas rojas y brillantes como la bandera de Mao. A mí me sorprendió, es cierto, pero evité darle más importancia y lo atribuí también al empacho de vegetales enrollados.
Desde aquel día he ido perfeccionando la técnica al tiempo que mi peso aumentaba de forma exponencial. Un asado de vaca en casa del flaco Valladares, un par de semanas después del episodio asiático, me permitió asimilar con más calma esta extraña cualidad recién adquirida: podía dirigir sin demasiados errores el movimiento del cuerpo en vertical y en horizontal, podía acelerar o frenar —tarde lo de frenar, se quejó entonces el perro cuando caí sobre él— mediante ligeros movimientos de los brazos, me estaba convirtiendo en un giróscopo móvil con capacidad para volar. Pero también noté que las alas se me cortaban demasiado deprisa, a la misma velocidad con la que la digestión hacía su trabajo. Y eso me obliga desde entonces a comer sin apenas interrupción. La comida se ha convertido en mi principal entretenimiento, al menos cuando estoy en tierra.
Las grasas polisaturadas están resultando ser uno de los mejores querosenos, junto con la carne roja, que me proporciona más altura y autonomía que ningún otro alimento sólido —los líquidos carbonatados facilitan los despegues, pero su efecto desaparece segundos después—, aunque son las verduras y la fruta las que añaden suavidad a los giros y me permiten afrontar con precisión casi milimétrica los aterrizajes más complicados.
Hace meses que no puedo andar más de veinte pasos; según el médico que me visita cada semana estoy al borde de un colapso arterial por acumulación de grasas, dice que me muero, que no tengo más remedio que bajar las dosis de fritanga que tanta altura me proporcionan y conformarme con vuelos más domésticos, más frutales, pero sigo sin hacerle caso: quiero subir más y más, hasta el cielo si es que existe. Por ahora he tenido que mudarme a la azotea, porque ni puertas ni ventanas permiten ya el paso de esta mole grasienta de casi media tonelada, y además puedo despegar desde el pretil sin necesidad de atiborrarme de Coca-Cola.
Mañana lo voy a intentar. Llevo una semana sin probar frutas ni vegetales, acumulando grasa líquida y proteínas, sin levantarme un centímetro del suelo para no hacer más gasto del imprescindible. Sólo cargo los tanques para el viaje final. Aprovecharé alguna de las térmicas que se forman al caer el sol y comenzaré a subir en espiral como he visto hacer tantas veces a los buitres, seguiré ascendiendo durante la noche y el amanecer, despacio, ahorrando toda la energía que pueda, sin prisa, disfrutando del viaje, maravillándome con las vistas de madrugada, despidiéndome en silencio de esta desmesura en la que me había convertido. Volando por encima de las nubes, hasta que logre tocar el cielo.

24 de octubre de 2007

las calles escondidas

Fotografía de JuanHM

Hace horas que pateo Madrid acompañado tan solo por una lluvia otoñal ligera, casi envolvente. Camino sin rumbo, a la deriva, dejándome guiar por decisiones aleatorias: aquí me cruzo a la derecha, ahora sigo recto hasta el segundo semáforo, en esa otra bocacalle, seguramente, giraré a la izquierda. Cargo con una urna de cenizas debajo del brazo, tratando de encontrar un lugar adecuado donde dejar a Martín. Él siempre dijo que quería descansar en una calle. En una calle escondida.
Martín era rápido y preciso en sus localizaciones, rara vez necesitaba más de una hora para aparecer en el lugar que buscaba, ni embarcarse en paseos interminables por barrios desconocidos, como hago yo en este momento, ni se permitía volver sin haber dado con su presa. Sencillamente, se dejaba encontrar.
Papá jamás creyó una sola palabra que hubiera salido de su boca. Decía que Martín era un parásito social, una rémora con la que se vio obligado a cargar desde el día en que conoció a mamá, y que esa fantasía de las calles escondidas no era más que otra locura de las suyas. Tu tío necesita ayuda —se quejaba—, viviría mejor en una de esas instituciones especiales para tontos, al cargo de profesionales, y no metido el día entero aquí, en mi casa. Pero mamá, por suerte, no pensaba igual. En realidad, apenas coincidían en casi nada.
Una calle escondida —según Martín— no sigue la numeración habitual en sus portales: pares a la derecha, impares a la izquierda, comenzando desde el extremo más cercano a la Puerta del Sol, no se somete a la simetría alterna que va saltando portal a portal, sino que cada finca decide qué guarismo quiere asignarse; algunos prefieren las letras a los números, otros combinan series alfanuméricas, a veces se permiten nombres más complejos, combinaciones que parecieran formadas por las iniciales de los inquilinos, incluso frases cortas aparentemente sin sentido, decididas quizá por votación popular.
Yo al principio pensaba igual que mi padre, que por algo decía él no sé qué sobre la sangre y la semilla, y consideraba un castigo divino el retraso de Martín, o lamentaba en público estupideces como la de tener que cargar en casa con un parásito social —cuando ni siquiera sabía el significado de esa palabra—, pero un buen día, del mismo modo que descubrí la farsa de la navidad, el engaño de la cigüeña parisina y la verdadera identidad del ratón Pérez, comprendí que mi tío no era tonto, sino un ser realmente especial.
Las calles escondidas son humildes y esquivas, y sus aceras estrechas apenas permiten el paso; sus portales, carentes por completo de ornamentos, parecen querer esconderse a los ojos de los transeúntes, pero si de verdad quieres encontrarlas, si consigues el equilibrio justo entre fe, paciencia y dedicación, ellas sabrán aparecerse ante ti.
Crecí escuchando a Martín describir ese universo urbano y paralelo en el que se sumergía cuando no estaba en casa, aprendí a ignorar sin rabia las descalificaciones de papá sobre su locura y ante todo, con el paso de los años, deseé con todas mis fuerzas convertirme, como decía él, en cazador de calles escondidas.
Las calles escondidas tienen siempre nombre de mujer, son estrechas, oscuras y silenciosas, pues el sol apenas se pasea unos minutos por sus aceras, a eso del mediodía, y de forma inequívoca se identifican porque siempre están desiertas. Cuando entres en una calle escondida —insistía siempre el tío Martín—, no busques gárgolas de piedra vigilando en cada esquina, no busques tampoco cuadrigas romanas asomándose desde el borde de las azoteas, ni espejos color de rosa adornando las fachadas; no busques nada superfluo ni ornamental, sobrino, porque en esas calles no lo encontrarás.
La última vez que le vi, hace hoy más de diez años, Martín andaba nervioso, más excitado que de costumbre diría yo, deambulando por la casa como un ratón que no encuentra el final de su laberinto. Pensé que habría olvidado su dosis diaria de medicación o que había discutido una vez más con papá. Antes de poder siquiera preguntarle cómo estaba o adonde se dirigía, cerró con un portazo sonoro y dejó caer ante mí una nota de papel arrugada.
«Tengo la sensación de que hay una calle ahí afuera esperando a que la encuentre. No es una más, Jesús, ni siquiera se parece a ninguna de las que hayamos visto antes. Esta vez, me va a costar trabajo encontrarla. Puede que tarde una semana o dos, quizá me lleve más de un mes localizarla o puede incluso que le dedique a esta búsqueda el resto de mi vida, pero te aseguro que la voy a encontrar. Si no volvemos a vernos, cuida de mi hermana y trata de perdonar a tu padre. Pase lo que pase, no intentes seguirme porque te perderías como yo».
Recorrí una tras otra todas las calles en las que estuvimos juntos, tratando de encontrar alguna pista de Martín. Visité callejones que apenas recordaba de cuando niño, atravesé las puertas ocultas que dan acceso al universo escondido, me dejé guiar por los pasillos invisibles que tantas veces me había mostrado mi mentor y que aún utilizo para localizar calles escondidas, pero fui incapaz de dar con él. Simplemente no estaba preparado. Aún no era como él.
Una semana después, en el coche que nos devolvía a casa desde el cementerio, le prometí a mamá que me haría cargo de sus cenizas y del último deseo de mi tío Martín. Desde entonces he conservado esta urna y he esperado el momento de devolver su contenido a donde pertenece. Hoy sé que lo puedo hacer. Ya estoy preparado.

Ahora soy yo el cazador de calles escondidas.

10 de septiembre de 2007

moscas

Fotografía de Sara.musico

Jamás he matado a una mosca que no lo mereciera.
Sí, ya sé que Dios, en su inmensa sabiduría, decidió no dotar a esas aladas tocapelotas de la inteligencia suficiente para evitarnos —para evitarme—, para retirar voluntariamente de su dieta la piel muerta que tanto les agrada mordisquear de mis brazos, de mis tobillos y de mi cara, sobre todo la de mi cara. Pero antes de aplicar sobre esos cuerpecitos asquerosos el golpe definitivo, suelo avisar tres o cuatro veces; al principio con manotazos airados pero incruentos, después con golpes de trapo o calcetín que llegan a desviar el rumbo de vuelo de la mosca pero no pretenden lastimarla, tan solo son avisos de que se está equivocando de restaurante. Pero al final siempre la joden. Vuelven una y otra vez, con los cubiertos en las patas y una pequeñísima servilleta colgando de las alas, reclaman en pasadas rasantes una ración epitelial que yo no les he ofrecido, me obligan a levantarme, me joden la siesta y entonces la máquina de matar se pone en marcha. Ahora ya es una cuestión personal. Procuro no matarlas del primer golpe; me detengo a observar cómo agonizan en movimientos concéntricos y malgasto saliva repitiéndoles que se lo había advertido, que les di tres oportunidades antes de empuñar la fusta amarilla con forma de mano, antes de esparcir sus miserias por la alfombra del salón.
No soy un tipo violento, lo juro, jamás he matado a un hombre que no lo mereciera.

7 de septiembre de 2007

nada

Fotografía de Puckyireth

A las musas ya no les gusta mi blog. Quizá no les haya gustado nunca, o al menos no tanto como yo pensaba. Tal vez por eso han terminado haciendo huelga de apariciones por mi azotea, en la que no ha se ha recibido este verano más influencia de las alturas que una implacable radiación de Helios, acompañada como siempre por los latigazos a destiempo de su primo el dios Eolo, ese que abarrota loquerías a golpe de soplido abrasador.
Este epistolario capitalino anda, al igual que mi fértil imaginación —algún día lo fue, os lo juro—, huérfano de ideas que me permitan retomar la soltura narrativa de antaño. Parece que fue ayer cuando ideas y palabras competían en pugna incruenta por saltar de mi cabeza a las entrañas de este ordenador, primer trampolín portátil antes del salto final a la blogosfera.
Y ahora, nada.
Pero nada de nada.
Allí donde hace unos meses las metáforas emergían como géiseres entre bosques de párrafos fértiles, por aquellos valles alfombrados de anécdotas inventadas entre las que crecían enormes arbustos narrativos, hoy solo deambulan algunas solitarias bolas de pelusa, decoradas tan solo con la retórica que aún me acompaña, tan vacías de ideas que hasta la más suave brisa las desplaza sobre el desierto polvoriento en que se ha convertido mi imaginación. Ya no hay nada.
Y lo peor es que no sé cómo regresar a mi paraíso perdido. Lo intento, bien lo sabe dios, aplicando todas las técnicas aprendidas y las genéticamente heredadas, siguiendo al pie de la letra apuntes y recomendaciones, teorías de libros, blogs y publicaciones varias, golpeando con saña tecla tras tecla para terminar borrando de un plumazo párrafos completos antes de haberlos terminado de escribir. Y nada.
Espero al menos que el frío de invierno venidero logre reducir esta inflamación de meninges, esta dilatación cerebral que aprisiona las ideas contra los parietales y las convierte en proyectos inconexos, estériles, en poco más que frases cortas incapaces de unirse para hilar, tan siquiera, un mediocre microcuento medio decente.
Ya os digo.
Nada.

22 de junio de 2007

jet lag

Fotografía de Dbrekke

Voy a dejar este trabajo antes de que me vuelva loco. Lunes, amanezco en Caracas compartiendo sábanas con otra azafata, noruega, creo. Ni siquiera soy capaz de recordar su nombre. Vuelo hacia Europa rodeado de japoneses empeñados en fotografiarse conmigo, contra mí, que sólo quiero dormir. No he dormido ocho horas seguidas desde hace años, dos años y seis meses, exactamente; desde que te fuiste. Londres, es martes, tampoco a ésta la conozco, y tampoco la recordaré. Me cansan las habitaciones de hotel, iguales en los cinco continentes. Las mujeres con las que despierto, iguales también, también me cansan. Siempre iguales, tan parecidas entre sí, tan distintas a ti. Londres-Río, Río-Cancún, Cancún-Habana. Turistas americanas acodadas en la barra del bar, mojito en mano, mirada carroñera de última hora planeando sobre mi mesa; la que cree ganar es la que ha perdido, la que despierta conmigo. No sé quién es, ni me importa. No quiero salir, me aburre esta monotonía de espacios distintos y tan iguales, cuerpos sin rostro que no dejan huella ni recuerdo alguno. Madrugo. Habana-Madrid, Madrid-Paris. Me parece descubrirte antes de cruzar los Pirineos, junto al pasillo. No me atrevo a mirarte, por si no eres tú, pero te susurro igual que hacía antes, junto al oído, respetando una distancia mínima entre mis labios y ese lóbulo, precioso, mío. Paris, otro hotel, otro día, otra mujer. Tampoco eres tú.

21 de junio de 2007

en un santiamén

Fotografía de Remo
—Hola caballero, buenos días, ¡qué casualidad encontrarle entrando en su casa! —maletín negro bajo el brazo, sujeto con fuerza suficiente como para resistir el tirón violento cualquier maruja desesperada—. Vengo a ofrecerle un seguro insuperable.

—¿Seguro?
—Y tan seguro, ya se lo digo yo —zapato negro presionando la puerta para evitar que se cierre, en una postura dolorosa pero efectiva.
—Pues yo, seguro, seguro, no estoy de quién es usted.
—Martín López Rebolledo —tarjeta en mano, mientras el otro codo pugna por abrir un poco más la puerta—, agente de seguros, a su disposición.
—Dispongo entonces que se marche de mi casa, martinlopezrebolledo.
—A su disposición y a la de su familia —el hombro ayudando al codo en la lucha por conquistar de nuevo el recibidor perdido—. No hay nada más importante que la familia, ¿no es cierto?
—Cierto o no, yo no he solicitado ningún seguro, aparte el hecho de que familia, lo que se dice familia, no tengo.
—¿Se da usted cuenta de lo que dice, caballero? Un hombre como usted, joven, amable, bien parecido, sin ataduras, es el candidato ideal para un seguro de familia mononuclear, el último grito en la industria del bienestar garantizado.
—Mire, le voy a ser sincero: no me interesa lo más mínimo lo que sea que pretende venderme.
—¿Vender? —la cara de sorpresa, el tronco simulando retroceder y ambas manos sujetando puerta y marco, mientras el maletín cae casualmente hacia delante tras tropezar en el empeine que aún le queda libre—, aquí no se trata de vender, señor…
—Pedro… Rovira… Ballcells —recitado despacio, como si lo leyera del título de medicina que cuelga de la pared, mientras frena el ademán intuitivo de lanzar la mano para saludar, consciente del riesgo de aportar epiteliales, tal como había visto en algún capítulo del CSI—, pero ya le digo que está usted perdiendo el tiempo conmigo.
—El tiempo, amigo mío, ese gran desconocido contra el que es imposible luchar —dos pasos al frente, espalda agachada con intención de recoger el cuero que la estrategia mil veces repetida desplazó antes hasta la puerta del salón—, puede convertirse en su aliado gracias a nuestra oferta personalizada.

El ascensor arranca desde la planta baja y sube despacio, se acerca al piso en el que se desarrolla esta batalla dialéctica entre desconocidos.

—Está bien, pase deprisa, pero prométame que se irá de mi casa en el momento en que yo se lo pida.

—Pida lo que pida, caballero, estaré encantado de complacerle, al igual que este nuevo producto asegurador convertirá sus días en plácidas jornadas sin sobresaltos, sus noches no volverán a poblarse de pesadillas, sueños en los que lo pierde todo y termina durmiendo en una caja de cartón.

Conquistada ya la salita, el amigo Rebolledo despliega sobre la mesa una baraja de impresos coronados por el logotipo de su compañía, decenas de trípticos a todo color en los que hasta los perros se fotografían con amplia sonrisa, pluma estilográfica nacarada en blanco marfil y tarjeta personal con las letras en relieve.


—Si no le importa, voy a ir recogiendo algunas pertenencias mientras me cuenta eso del seguro nuclear —cajones y más cajones que se abren, revuelven y cierran—, es que tengo algo de prisa.
—¡Ay, la prisa! No sabe cuántas pólizas se han hecho efectivas por culpa de esta vida tan acelerada. Si yo le contara…


Cada una de las habitaciones de la lujosa vivienda recibe la visita de ambos personajes; uno busca, encuentra y almacena, mientras el otro le sigue muy de cerca, recitando casi al oído, con maestría monótona, las bondades del seguro para solteros adinerados y viudos de renta abundante.


—¿Entiende usted de relojes, Rebolledo?
—Es una de mis facetas más apreciada en la empresa —los ojos de orgullo brillan como linternas—, aunque confesarlo pueda parecerle pretencioso por mi parte. Siempre me asignan las valoraciones de bienes más exquisitos. Tiene usted muy buen gusto con las joyas, si me permite decírselo. Tanto éste como el que sacó de su mesilla de noche, son verdaderas obras de arte de la relojería suiza.
—Pero dígame cuánto valen, aproximadamente. Son regalos, ya sabe, nunca se pregunta…
—Por encima de seis mil euros cada uno, no podría precisarle ahora mismo, pero con mucho gusto me encargaré de tasárselos, junto con los collares y demás joyas de ese maletín que ha guardado.
—Cosas de mi madre. Se las cuido mientras está de viaje. Precisamente ahora mismo voy hacia su casa a devolvérselas. Un placer, Rebolledo, se lo aseguro. Sírvase lo que quiera y vaya rellenando los papeles, que yo vuelvo en un santiamén.

16 de junio de 2007

imposible

Fotografía de Black Mamba

Habían quedado en la playa al atardecer, habitantes de extremos lejanos que buscan, desean, un encuentro difícil de asimilar, imposible. Incompatibilidad manifiesta; él, su melena trenzada, su tabla, su sueño de sexo escamado, imposible; ella, sirena varada en el agua, encaprichada de mortal, incapaz de alcanzar un amor envuelto en piel, imposible. La playa, terreno neutral, testigo y cómplice, les esperaba impaciente antes de despedir el día. Llegaron, se vieron, se unieron y jugaron en la orilla, se solaparon, fundieron sus cuerpos respirando por turnos. Casi una eternidad jugando entre el placer y el final. Hasta el final. Aunque parezca imposible.

6 de junio de 2007

ella

Fotografía de Oscar Polo



Casi no se conocen, apenas se han visto un par de veces, dos encuentros casi forzados, envueltos por la nula intimidad que permite un grupo de desconocidos, pero ella, eso dice, se ha enamorado. Al menos así lo cree, ignorante como se define ante los complicados laberintos de esa tara temporal, ese cuadro clínico de pérdida inconsciente de voluntades y raciocinio, esa enfermedad contagiosa y atemporal a la que llamamos amor. Y para cerrarse el camino de vuelta, ha decidido dinamitar ese puente que acaba de cruzar, ha tapiado con hormigón la única puerta de retroceso hacia la cordura de forma irreversible: lo ha hecho público. Ahora sólo puede huir hacia delante, atravesando un pantano de incertidumbres sin mapas descriptivos, sin instrucciones de manejo y con el barro del fracaso a la altura de las rodillas. No es el primer lodazal al que se enfrenta, ella lo sabe, pero la memoria selectiva se encarga una vez más de eliminar las migas dejadas en el camino, y cada excursión se convierte en aventura de principiante inexperto, un bautizo de fuego por un sendero del que sólo puede salir a través de otro cuerpo. Y aunque no desborda optimismo acerca de sus posibilidades, se sabe capaz de intentarlo, hasta de conseguirlo, creo yo. Y si lo logra, si al salir del laberinto embarrado se convierte al fin en la mitad de esa pareja, si llega a formar parte del objeto de deseo al que persigue, sólo le quedará una pregunta por responder: y ahora, ¿qué?

5 de junio de 2007

sin cobertura

Fotografía de Star Gazer

En un primer vistazo, con los ojos a medio abrir, inundados de venas aguadas en vodka, Candela es incapaz de reconocer la habitación en la que ha amanecido. El último recuerdo que permanece vivo en su memoria es el de Laura despidiéndola desde la puerta de un taxi, pero nada sabe de momento del tipo que duerme a su lado. No es una experiencia nueva, ni siquiera puede calificarla de anecdótica, porque se viene repitiendo cada vez con mayor frecuencia, y una vez más pone en marcha el protocolo habitual de identificación de entornos y personajes.
Mientras estudia con detenimiento aquel cuerpo desnudo, llega a la conclusión de que es demasiado joven para haber salido de su agenda morada, esa en la que guarda teléfonos de eventuales a los que recurrir a última hora, y demasiado guapo para una conquista casual en un bar de solteros. Un segundo recorrido visual por el dormitorio le confirma una sospecha que había preferido no plantearse: sobre la mesilla de noche, sujetos con su pasador de pelo, unos cuantos billetes de veinte le revelan la profesión de su acompañante.
Se viste deprisa pero en silencio; no quiere despedidas incómodas ni explicaciones. Ni siquiera se ducha. Le basta lavarse la cara para empezar a añadir recuerdos a su memoria, que la sitúa de nuevo en aquel taxi, detenido en la puerta del Single’s Corner, desde el que puede escuchar a Laura como si la tuviera delante.
—Disfrútalo, cariño. No todos los días se cumplen cuarenta años. ¡Y ponle condón, no seas inconsciente!
El espejo del ascensor le devuelve una sonrisa lasciva, unos labios que le cuentan el momento en el que Laura le presentó a Ricardo, la mentira que su amiga inventó respecto a su cumpleaños —aún faltan dos semanas para los temidos cuarenta— para intentar regatearle su tarifa, las primeras caricias, tan diferentes a las que logra robarle a Luis, y la extraña insatisfacción que una vez más le deja el sexo de pago.
Laura está soltera, sin ataduras ni ganas de complicaciones. Quizá por eso le gusta vivir en piel ajena —casi siempre la de Candela— las fantasías eróticas que imagina su cabeza promiscua y calenturienta. Cada vez se empeña más en presentarle amigos y conocidos, posibles amantes, aventuras de media jornada, o como anoche, insistiendo copa tras copa, de bar en bar, hasta convencerla una vez más para terminar en una cama ajena.
Otro taxi, esta vez para ella sola, le permite repasar mentalmente una excusa que sabe de sobra innecesaria, por repetida, pero que a Julián le servirá para perdonarla una vez más. Ya ni siquiera se plantea los remordimientos de las primeras aventuras, las confesiones amargas entre lágrimas y juramentos de no volver a reincidir. Prefiere no asumir la responsabilidad y dejar que sea él quien plantee la ruptura, aunque está convencida de que nunca lo hará. Le falta carácter.
Candela sube las escaleras despacio, la cara lavada, la conciencia extrañamente tranquila, por la costumbre quizá. En el apartamento no hay nadie. Una larga ducha y el castigo casi doloroso del guante de crin que no logra limpiar más allá de la piel, un vestido extendido sobre la cama fría que nadie ha utilizado, una nota manuscrita que le corta el café como la leche agria.
«Me voy a pasar el fin de semana con Julián a la cabaña de la sierra. Te veo el domingo. Te quiero. Luis.»
No lo puede entender, pero a pesar de llevar todavía el sabor del gigoló entre las piernas, de saberse infiel confesa, una sensación de desasosiego le recorre la espalda desnuda, aún a medio secar. Antes de olvidar la historia absurda que remató al salir del taxi, llama a Luis con intención de recitarle hasta el último detalle de la mentira que ha creado, idéntica casi a las de las últimas veces.
Al principio eran historias muy trabajadas, con datos concretos y elaborados a conciencia, lugares, nombres, incluso números de teléfono concertados de antemano para corroborar sus coartadas. Casi se sentía orgullosa de la credibilidad con la que Luis aceptaba esas mentiras noveladas, igual que un autor observa ensimismado su primera publicación en las estanterías de una librería. Es buena contando historias; quizá sea —eso quiere creer— lo más productivo que ha sacado de esta relación, de compartir la vida con un contador de cuentos, un hombre que jamás pisa el suelo bajo sus pies.
No consigue hablar con Luis. Llama después a Julián, pero su teléfono también está fuera de cobertura, y a pesar de que sabe de sobra que en la cabaña no hay red, la desazón le aumenta mientras pasea nerviosa por el apartamento. Un bloodymary en vaso ancho, un pitillo de marihuana y un disco de Madeleine Peyroux en el estéreo, tres calmantes sin receta que le devuelven por un rato una tranquilidad artificial. Descansará un poco y después quedará con Laura para comer. Igual que hizo anoche aquel joven a cambio de dinero, el sofá la abraza gratis ahora y se queda dormida como un bebé.
Despierta por segunda vez en este día, pero esta vez lo hace sola y con la cabeza despejada. Mientras lía otro pitillo, marca impaciente un número en el móvil. «El teléfono solicitado está apagado o fuera de cobertura». Laura tampoco contesta.
A medida que avanza la tarde, la soledad va adueñándose del apartamento, cada vez más grande, más vacío sin los sonidos que genera Luis —los dedos golpeando teclas en la vieja Olivetti, que se niega a sustituir por un ordenador, los ronquidos en voz baja de las siestas en el sofá, los vinilos de Charlie Parker en el viejo tocadiscos—, sin su olor inundándolo todo, sin él. Hace ya mucho tiempo que le echa de menos, aunque se lo niegue a sí misma, meses que duerme con otros pero sueña con él.
Vuelve a llamarle, dispuesta a pedirle perdón por última vez, a jurarle por lo más sagrado que no lo repetirá, que le quiere, que siempre le ha querido, que con su ayuda logrará superarlo, que siempre estará con él. Luis sigue sin cobertura.
No quiere quedarse sola un sábado por la noche, pero aparte de la libreta morada, tampoco conserva muchos amigos. Quizá Laura se ha dejado el teléfono en algún bar, tan despistada como es, como lo ha sido siempre, desde que se conocieron en la facultad, desde que se hicieron íntimas, inseparables.
Se viste deprisa con unos vaqueros viejos y una camiseta de Luis, su favorita. Decide dar un paseo hasta casa de Laura para aprovechar el aire fresco de la noche, mientras repasa de nuevo una historia, pero esta vez es sincera, real. Le va a contar a Laura que se acabaron las aventuras, que lo va a intentar con Luis y que esta vez lo van a lograr. Que le quiere. Que siempre le ha querido. Que siempre le querrá.
Sube las escaleras corriendo, rebosa alegría y está impaciente por contárselo a su mejor amiga, a su única confidente, casi su hermana. Está a punto de arrollar al repartidor con el que se cruza en el descansillo, y por fin llama nerviosa al timbre, varias veces, golpea la puerta con los nudillos, impaciente, no puede esperar más.
Luis, su Luis, abre la puerta. Lleva un gintonic en una mano, un pitillo en la otra y una toalla pequeña atada a la cintura.

4 de junio de 2007

el concurso de la vaca

The Innocent Eye Test. Mark Tansey

Primer premio

Así lo ha visto Yisus

Ninguna de las virtudes me que han acompañado desde pequeña —y no son pocas— es comparable a mis dotes como fisonomista. Después de doctorarme cum laude por la Universidad Estatal de Wisconsin, en la especialidad de razas autóctonas americanas, he dedicado mi vida al análisis de rostros bovinos, al estudio de las manchas bicolores en variedades lecheras y, como en el caso que nos ocupa, a la localización de individuos desaparecidos.
A pesar del tamaño más que generoso que mis pechos adquirieron en los albores de mi pubertad, antes de cumplir los dieciocho me vi obligada a abandonar la esclavitud del sostén, por motivos cutáneos que no vienen al caso. La fuerza de la gravedad y un crecimiento desmesurado se encargaron del resto, aunque los pezones tardaron más de seis años en multiplicar por cuatro su número, repartiéndose, poco a poco, por la superficie tersa y delgada de la ubre en que se han convertido ahora mis glándulas mamarias. El resto ha sido sencillo.
Antes de terminar la carrera, pese a los consejos en contra de mi traumatólogo, ya recorría a cuatro patas los dos kilómetros que separaban mi apartamento —mi cuadra, en realidad— del campus universitario. Me acostumbré a enfundar en esparadrapo los dedos de pies y manos, unidos de dos en dos, hasta que el roce de los nudillos contra el asfalto fue convirtiendo mis falanges en callosidades cada vez más duras y resistentes, casi tan sólidas como las pezuñas de verdad.
Más difícil me ha resultado lo de ganar peso, sobre todo con una dieta vegetariana como la que me autoimpuse desde pequeña. Ahora me veo obligada a masticar cantidades ingentes de productos vegetales durante más de quince horas al día, y en contra de la creencia infantil que relaciona las zanahorias con la visión perfecta, mis ojos han perdido gran parte de la capacidad de que hicieron gala años atrás. Por eso necesito que, cada día más, las fotografías de los individuos buscados se me presenten en formatos de proporciones exageradas.
A estos dos, en cualquier caso, no los había visto en mi vida.

Segundo premio
Así lo ha visto Juan Carlos

Un pobre viejo sujeta un tela arrugada casi a ras de suelo, y otro, a su vera, sostiene una fregona con la dignidad de un fusil. En el otro extremo, un hombre con lentes, ataviado con una bata blanca, ojea un cartapacio. Y luego está ese animal, ese enorme animal con manchas que me mira fijamente como un ancestro, con esos ojos negros que parecen precipicios, esas ubres hinchadas. La vida es tan extraña al otro lado, querida. Ojalá no fueras ciega.

Tercer premio

Así lo ha visto Chiki

Menuda pereza. Ahora tengo que fingir sorpresa, poner cara de tonta, lamer la tela como si me creyese que esos dos pintarrajos tienen algo que ver conmigo… Les daría una coz pero después de muchos años observando a los humanos he llegado a la conclusión de que se asustan con facilidad cuando alguien demuestra ser más inteligente que ellos. Es preferible que crezcan felices e ignorantes hasta que alcancen la edad para llevarlos al mercado de carne, así los nervios no estropean la mercancía.



...y así lo han visto los demás.

Gracias a todos; a los que habéis participado, a los que habéis votado y a los que os lo habéis leído.




28 de mayo de 2007

la mar salada

Fotografía de Evinsky

A Yolanda le encanta bañarse desnuda y dejarse mecer por las olas del Atlántico. La espuma, salada y densa, se le cuela por la nariz y le provoca estornudos cálidos y rebosantes de plancton, que atraen a pequeños peces, moluscos y bivalvos, de los que suelen alimentarse las doradas. Si algo le gusta a un tiburón, además de asustar a los bañistas, es una dorada bien alimentada, rolliza y con el vientre repleto de cangrejos, ostras y calamares.
Yo soy de secano —manchego, para más datos—, pero desde hace años nado entre los escualos del Estrecho y mordisqueo, igual que ellos, los muñones más sabrosos de la mar oceana.

23 de mayo de 2007

para siempre

fotografía de Wylie Maercklein

Todos se han ido ya. Todos menos ella. Ni siquiera la vergüenza pasada ha logrado desdibujar de su rostro el gesto de felicidad con el que, hace dos horas, cruzó el umbral de la capilla camino del altar. Sólo ella sabe que no la ha abandonado, que su madre se equivoca cuando dice que jamás debió comprometerse con un cómico, un vividor que acabaría por arruinarle la vida. Tampoco su padre lleva razón al afirmar que su pasado mujeriego, tarde o temprano, saldría de nuevo a la superficie. Ninguno de los invitados ha tenido la paciencia de investigar, radio en mano, las consecuencias que la explosión de gas ha podido dejar en su edificio. A pesar de que la televisión no deja de repetir su nombre, encabezando la lista de víctimas, nadie se ha parado a pensar en ese final trágico. Los crápulas nunca son inocentes.
Sólo ella le esperará. Para siempre.

campanas

fotografía de Darco TT

Tocan a muerto mientras Martín, casi sin resuello, sube de tres en tres las escaleras que llevan al campanario. Seis largas de la grande, seis de la pequeña (la de maitines y duelos), un compás de espera y vuelta a empezar: seis largas, igual de graves pero más sonoras, mucho más fuertes.
—Si vuelves a llegar tarde, no tendrás que preocuparte más por madrugar: le daré tu puesto a Fabián; hace años que lo merece mucho más que tú —el párroco amenaza con la mano en alto y lleva en el rostro esa expresión tan suya de no-vuelvas-a-repetirlo.
—No se repetirá, Padre, se lo juro. La vaca se puso de parto anoche y no hemos salido del establo hasta ahora mismo. Pregúntele a mi madre si no me cree.
Martín sabe que doña Asun no es su madre. Aunque sea un poco lento o, como dicen las viejas, un inocente, tuvo la suerte de que lo adoptaran; no como Fabián, que vive aún con el párroco y no tiene quien le limpie los mocos. Ninguno de los dos muchachos sabe leer ni escribir, pero ambos conocen de memoria el funcionamiento del campanario, los distintos toques, las frecuencias y repeticiones que corresponden a cada acontecimiento. Es casi lo único que saben hacer.
Faltan cuatro días para la Ascensión, patrona del municipio y fiesta mayor con verbena y concurso de pasodobles en la plaza. Será el domingo y habrá que triplicar el trabajo: maitines a las seis —doce toques cortos de la pequeña—, misa a las once y las doce, con un último aviso para rezagados a las doce menos cuarto, y repique a fiesta cada dos horas desde la salida de misa hasta las seis.
Martín se hace la composición de lugar mientras toca de nuevo a muerto. Ya son seis en este mes, los dos últimos, ayer y hoy. Nadie se atreve a decirlo, pero la gente está preocupada. Don Blas, el practicante, le ha confesado al alcalde que no sabe casi nada sobre el motivo de fallecimientos tan repentinos, casi súbitos, y nadie habla abiertamente del tema; la fiesta mayor ha de celebrarse, pase lo que pase.
Amanece un nuevo día y de momento las campanas descansan, igual que Martín, a la espera de acontecimientos. Los operarios que llegaron ayer desde la capital aprovechan los primeros rayos de sol para terminar de desayunar en el bar y montar el escenario con la pista de baile, colocar farolillos y cargar las cámaras con vinos, cervezas y refrescos. Uno de los electricistas se acaba de desplomar desde lo alto de una escalera. Está muerto. Antes de que el juez de paz llegue a levantar el cadáver, Fabián está ya en la plataforma y sujeta con ambas manos la soga de la campana mayor.
La primera tanda de seis largas saca a Martín de la cama y lo lanza, casi a medio vestir, a una carrera frenética camino de la iglesia. Antes de que alcance la base del campanario, la última serie de las pequeñas ha terminado. Cuando se cruzan por la estrecha escalera de caracol, Fabián intenta esconder bajo su camisa una caja de raticida, mientras anuncia orgulloso que el puesto de campanero ya es suyo.
La imagen de la virgen abandona el templo a hombros de los quintos, mientras el resto de vecinos, con el párroco y el alcalde a la cabeza, conforman una hilera humana que serpentea en silencio tras el paso procesional. Martín no forma parte de ese grupo. Lleva dos días sin salir de la cama, maldiciendo la pérdida de su puesto de campanero y sin parar de preguntarse cómo logró Fabián una anticipación tan exacta, tan calculada, tan perfecta.
Sólo hay una forma de adelantarse a Fabián. Martín se sabe incapaz de matar a nadie —y ni siquiera relaciona el raticida con la posibilidad de que su rival sí lo sea—, pero no concibe la vida sin la única misión para la que se siente preparado. Hoy ha madrugado más que nunca, y tras los maitines, con el eco agudo de las últimas campanadas todavía rebotando en los muros de la capilla, espera a que Fabián descienda de la plataforma, escondido detrás del confesionario. Ha subido despacio, no se vaya a despertar el párroco, y en cada escalón repite mentalmente la serie con la que reivindicará, para siempre, su carrera de campanero.
Seis largas de la grande, seis de la pequeña (la de maitines y duelos), un compás de espera y vuelta a empezar: seis largas, igual de graves pero más sonoras, mucho más fuertes.
Desde el pretil, Martín sonríe mientras se deja caer de espaldas al vacío.

15 de mayo de 2007

bueno para nada

fotografía de C.A.R.F.

La madre de Julián no ha dejado de llorar en toda la noche. Yo, de momento, no me he atrevido a entrar ─llevo horas inmóvil bajo el alféizar de la ventana, encogido y con los músculos adormecidos─, porque soy también de lágrima fácil, y terminaría abrazado a ella en un llanto constante, caudaloso, capaz de llenar en instantes un balde de los grandes. Ella no sabe que fui yo quien lo mató; jamás imaginaría que el mejor amigo de su hijo ─ese botarate bueno para nada─ ha sido quien la ha librado de esa carga, esa rémora que estaba terminando con su vida y con su hacienda. Ya estamos solos. Ella y yo.
Quizá ahora me permita llamarla mamá.

Microcuento finalista en el concurso "Apadrina una palabra" de la Escuela de Escritores

9 de mayo de 2007

¿dónde estás?

Fotografía de Kevin White



Hoy tampoco te he visto. He comenzado buscando en la carpeta de personas olvidadas, dentro del disco de errores superados, aunque antes de empezar ya sabía de sobra que no estarías allí. Después he saltado de unidad y me he dirigido directamente al bloque de casos imposibles; he entrado con miedo, como siempre, y tras el obligado ordenamiento alfabético, filtrado de intentos multi-repetidos y eliminación automática de errores de género y número, tan frecuentes desde hace tiempo, he comprobado —mientras una sonrisa estúpida me estiraba las mejillas— que allí tampoco estabas. Menos mal. Mientras escribo estas líneas, el buscador automático recorre el resto de unidades tratando de dar contigo. Yo seguiré aquí un poco más, no sea que aparezcas de nuevo en archivos temporales y no pueda copiarte a tiempo. Si lees este mensaje, te rogaría que dejaras unas palabras en el bloc de notas, aunque sólo sea para saber que no te has cambiado de servidor. El dominio compartido, si no te importa, prefiero conservarlo, aunque esté vacío.