16 de junio de 2007
6 de junio de 2007
ella
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Yisus
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10:08 a. m.
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Etiquetas: Intromisión
5 de junio de 2007
sin cobertura
Mientras estudia con detenimiento aquel cuerpo desnudo, llega a la conclusión de que es demasiado joven para haber salido de su agenda morada, esa en la que guarda teléfonos de eventuales a los que recurrir a última hora, y demasiado guapo para una conquista casual en un bar de solteros. Un segundo recorrido visual por el dormitorio le confirma una sospecha que había preferido no plantearse: sobre la mesilla de noche, sujetos con su pasador de pelo, unos cuantos billetes de veinte le revelan la profesión de su acompañante.
Se viste deprisa pero en silencio; no quiere despedidas incómodas ni explicaciones. Ni siquiera se ducha. Le basta lavarse la cara para empezar a añadir recuerdos a su memoria, que la sitúa de nuevo en aquel taxi, detenido en la puerta del Single’s Corner, desde el que puede escuchar a Laura como si la tuviera delante.
—Disfrútalo, cariño. No todos los días se cumplen cuarenta años. ¡Y ponle condón, no seas inconsciente!
El espejo del ascensor le devuelve una sonrisa lasciva, unos labios que le cuentan el momento en el que Laura le presentó a Ricardo, la mentira que su amiga inventó respecto a su cumpleaños —aún faltan dos semanas para los temidos cuarenta— para intentar regatearle su tarifa, las primeras caricias, tan diferentes a las que logra robarle a Luis, y la extraña insatisfacción que una vez más le deja el sexo de pago.
Laura está soltera, sin ataduras ni ganas de complicaciones. Quizá por eso le gusta vivir en piel ajena —casi siempre la de Candela— las fantasías eróticas que imagina su cabeza promiscua y calenturienta. Cada vez se empeña más en presentarle amigos y conocidos, posibles amantes, aventuras de media jornada, o como anoche, insistiendo copa tras copa, de bar en bar, hasta convencerla una vez más para terminar en una cama ajena.
Otro taxi, esta vez para ella sola, le permite repasar mentalmente una excusa que sabe de sobra innecesaria, por repetida, pero que a Julián le servirá para perdonarla una vez más. Ya ni siquiera se plantea los remordimientos de las primeras aventuras, las confesiones amargas entre lágrimas y juramentos de no volver a reincidir. Prefiere no asumir la responsabilidad y dejar que sea él quien plantee la ruptura, aunque está convencida de que nunca lo hará. Le falta carácter.
Candela sube las escaleras despacio, la cara lavada, la conciencia extrañamente tranquila, por la costumbre quizá. En el apartamento no hay nadie. Una larga ducha y el castigo casi doloroso del guante de crin que no logra limpiar más allá de la piel, un vestido extendido sobre la cama fría que nadie ha utilizado, una nota manuscrita que le corta el café como la leche agria.
«Me voy a pasar el fin de semana con Julián a la cabaña de la sierra. Te veo el domingo. Te quiero. Luis.»
No lo puede entender, pero a pesar de llevar todavía el sabor del gigoló entre las piernas, de saberse infiel confesa, una sensación de desasosiego le recorre la espalda desnuda, aún a medio secar. Antes de olvidar la historia absurda que remató al salir del taxi, llama a Luis con intención de recitarle hasta el último detalle de la mentira que ha creado, idéntica casi a las de las últimas veces.
Al principio eran historias muy trabajadas, con datos concretos y elaborados a conciencia, lugares, nombres, incluso números de teléfono concertados de antemano para corroborar sus coartadas. Casi se sentía orgullosa de la credibilidad con la que Luis aceptaba esas mentiras noveladas, igual que un autor observa ensimismado su primera publicación en las estanterías de una librería. Es buena contando historias; quizá sea —eso quiere creer— lo más productivo que ha sacado de esta relación, de compartir la vida con un contador de cuentos, un hombre que jamás pisa el suelo bajo sus pies.
No consigue hablar con Luis. Llama después a Julián, pero su teléfono también está fuera de cobertura, y a pesar de que sabe de sobra que en la cabaña no hay red, la desazón le aumenta mientras pasea nerviosa por el apartamento. Un bloodymary en vaso ancho, un pitillo de marihuana y un disco de Madeleine Peyroux en el estéreo, tres calmantes sin receta que le devuelven por un rato una tranquilidad artificial. Descansará un poco y después quedará con Laura para comer. Igual que hizo anoche aquel joven a cambio de dinero, el sofá la abraza gratis ahora y se queda dormida como un bebé.
Despierta por segunda vez en este día, pero esta vez lo hace sola y con la cabeza despejada. Mientras lía otro pitillo, marca impaciente un número en el móvil. «El teléfono solicitado está apagado o fuera de cobertura». Laura tampoco contesta.
A medida que avanza la tarde, la soledad va adueñándose del apartamento, cada vez más grande, más vacío sin los sonidos que genera Luis —los dedos golpeando teclas en la vieja Olivetti, que se niega a sustituir por un ordenador, los ronquidos en voz baja de las siestas en el sofá, los vinilos de Charlie Parker en el viejo tocadiscos—, sin su olor inundándolo todo, sin él. Hace ya mucho tiempo que le echa de menos, aunque se lo niegue a sí misma, meses que duerme con otros pero sueña con él.
Vuelve a llamarle, dispuesta a pedirle perdón por última vez, a jurarle por lo más sagrado que no lo repetirá, que le quiere, que siempre le ha querido, que con su ayuda logrará superarlo, que siempre estará con él. Luis sigue sin cobertura.
No quiere quedarse sola un sábado por la noche, pero aparte de la libreta morada, tampoco conserva muchos amigos. Quizá Laura se ha dejado el teléfono en algún bar, tan despistada como es, como lo ha sido siempre, desde que se conocieron en la facultad, desde que se hicieron íntimas, inseparables.
Se viste deprisa con unos vaqueros viejos y una camiseta de Luis, su favorita. Decide dar un paseo hasta casa de Laura para aprovechar el aire fresco de la noche, mientras repasa de nuevo una historia, pero esta vez es sincera, real. Le va a contar a Laura que se acabaron las aventuras, que lo va a intentar con Luis y que esta vez lo van a lograr. Que le quiere. Que siempre le ha querido. Que siempre le querrá.
Sube las escaleras corriendo, rebosa alegría y está impaciente por contárselo a su mejor amiga, a su única confidente, casi su hermana. Está a punto de arrollar al repartidor con el que se cruza en el descansillo, y por fin llama nerviosa al timbre, varias veces, golpea la puerta con los nudillos, impaciente, no puede esperar más.
Luis, su Luis, abre la puerta. Lleva un gintonic en una mano, un pitillo en la otra y una toalla pequeña atada a la cintura.
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Yisus
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8:56 p. m.
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Etiquetas: Escuela
4 de junio de 2007
el concurso de la vaca

Más difícil me ha resultado lo de ganar peso, sobre todo con una dieta vegetariana como la que me autoimpuse desde pequeña. Ahora me veo obligada a masticar cantidades ingentes de productos vegetales durante más de quince horas al día, y en contra de la creencia infantil que relaciona las zanahorias con la visión perfecta, mis ojos han perdido gran parte de la capacidad de que hicieron gala años atrás. Por eso necesito que, cada día más, las fotografías de los individuos buscados se me presenten en formatos de proporciones exageradas.
A estos dos, en cualquier caso, no los había visto en mi vida.


Así lo ha visto Chiki
Menuda pereza. Ahora tengo que fingir sorpresa, poner cara de tonta, lamer la tela como si me creyese que esos dos pintarrajos tienen algo que ver conmigo… Les daría una coz pero después de muchos años observando a los humanos he llegado a la conclusión de que se asustan con facilidad cuando alguien demuestra ser más inteligente que ellos. Es preferible que crezcan felices e ignorantes hasta que alcancen la edad para llevarlos al mercado de carne, así los nervios no estropean la mercancía.

...y así lo han visto los demás.
Gracias a todos; a los que habéis participado, a los que habéis votado y a los que os lo habéis leído.
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9:38 p. m.
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28 de mayo de 2007
la mar salada
Yo soy de secano —manchego, para más datos—, pero desde hace años nado entre los escualos del Estrecho y mordisqueo, igual que ellos, los muñones más sabrosos de la mar oceana.
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Yisus
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2:14 p. m.
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23 de mayo de 2007
para siempre
Sólo ella le esperará. Para siempre.
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Yisus
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9:47 a. m.
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Etiquetas: Microcuento
campanas
—No se repetirá, Padre, se lo juro. La vaca se puso de parto anoche y no hemos salido del establo hasta ahora mismo. Pregúntele a mi madre si no me cree.
Martín sabe que doña Asun no es su madre. Aunque sea un poco lento o, como dicen las viejas, un inocente, tuvo la suerte de que lo adoptaran; no como Fabián, que vive aún con el párroco y no tiene quien le limpie los mocos. Ninguno de los dos muchachos sabe leer ni escribir, pero ambos conocen de memoria el funcionamiento del campanario, los distintos toques, las frecuencias y repeticiones que corresponden a cada acontecimiento. Es casi lo único que saben hacer.
Faltan cuatro días para la Ascensión, patrona del municipio y fiesta mayor con verbena y concurso de pasodobles en la plaza. Será el domingo y habrá que triplicar el trabajo: maitines a las seis —doce toques cortos de la pequeña—, misa a las once y las doce, con un último aviso para rezagados a las doce menos cuarto, y repique a fiesta cada dos horas desde la salida de misa hasta las seis.
Martín se hace la composición de lugar mientras toca de nuevo a muerto. Ya son seis en este mes, los dos últimos, ayer y hoy. Nadie se atreve a decirlo, pero la gente está preocupada. Don Blas, el practicante, le ha confesado al alcalde que no sabe casi nada sobre el motivo de fallecimientos tan repentinos, casi súbitos, y nadie habla abiertamente del tema; la fiesta mayor ha de celebrarse, pase lo que pase.
Amanece un nuevo día y de momento las campanas descansan, igual que Martín, a la espera de acontecimientos. Los operarios que llegaron ayer desde la capital aprovechan los primeros rayos de sol para terminar de desayunar en el bar y montar el escenario con la pista de baile, colocar farolillos y cargar las cámaras con vinos, cervezas y refrescos. Uno de los electricistas se acaba de desplomar desde lo alto de una escalera. Está muerto. Antes de que el juez de paz llegue a levantar el cadáver, Fabián está ya en la plataforma y sujeta con ambas manos la soga de la campana mayor.
La primera tanda de seis largas saca a Martín de la cama y lo lanza, casi a medio vestir, a una carrera frenética camino de la iglesia. Antes de que alcance la base del campanario, la última serie de las pequeñas ha terminado. Cuando se cruzan por la estrecha escalera de caracol, Fabián intenta esconder bajo su camisa una caja de raticida, mientras anuncia orgulloso que el puesto de campanero ya es suyo.
La imagen de la virgen abandona el templo a hombros de los quintos, mientras el resto de vecinos, con el párroco y el alcalde a la cabeza, conforman una hilera humana que serpentea en silencio tras el paso procesional. Martín no forma parte de ese grupo. Lleva dos días sin salir de la cama, maldiciendo la pérdida de su puesto de campanero y sin parar de preguntarse cómo logró Fabián una anticipación tan exacta, tan calculada, tan perfecta.
Sólo hay una forma de adelantarse a Fabián. Martín se sabe incapaz de matar a nadie —y ni siquiera relaciona el raticida con la posibilidad de que su rival sí lo sea—, pero no concibe la vida sin la única misión para la que se siente preparado. Hoy ha madrugado más que nunca, y tras los maitines, con el eco agudo de las últimas campanadas todavía rebotando en los muros de la capilla, espera a que Fabián descienda de la plataforma, escondido detrás del confesionario. Ha subido despacio, no se vaya a despertar el párroco, y en cada escalón repite mentalmente la serie con la que reivindicará, para siempre, su carrera de campanero.
Seis largas de la grande, seis de la pequeña (la de maitines y duelos), un compás de espera y vuelta a empezar: seis largas, igual de graves pero más sonoras, mucho más fuertes.
Desde el pretil, Martín sonríe mientras se deja caer de espaldas al vacío.
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Yisus
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9:08 a. m.
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Etiquetas: Escuela
15 de mayo de 2007
bueno para nada
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Yisus
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5:32 p. m.
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Etiquetas: Microcuento
9 de mayo de 2007
¿dónde estás?
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10:19 p. m.
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la rosaleda
El sudor comienza a traspasarle la chaqueta, las manos le tiemblan y apenas se ve capaz devolver la puerta a su posición inicial, aterrado como está ante la idea de que le hayan descubierto. Quizá nadie le ha visto extraer del cajón del abuelo las llaves, tal vez sólo son imaginaciones suyas provocadas por un miedo irracional, es posible que aquella furgoneta azul que se ha clavado en el retrovisor de su coche durante kilómetros no tenga nada que ver con la familia Solís, ni tampoco con esta finca en la que está entrando con sigilo, como si fuera un ladrón. Aún así no puede evitar una sensación de prudencia exagerada, una cautela desmedida que le agarrota los miembros y las ideas.
La parra virgen que cubre la pérgola de la entrada ha adquirido ya el tono encarnado, casi carmín, que avisa de la inminente llegada del otoño. Las hojas acumuladas durante décadas en el suelo se encargan de ocultar el escudo familiar, esa losa de mármol tallado que colgó durante años —en forma de escudo de terciopelo— de la pechera de su blazier, motivo de numerosas burlas y algún que otro cachete por parte de los demás colegiales, que le apodaban cruelmente Capitán Solís.
Durante unos segundos duda si destaparlo o no; comienza hurgando suavemente con sus zapatos italianos recién estrenados, pero al final desiste, no vayan a despertarse antepasados frente a los que se sentiría como un extraño, como un ladrón trajeado invadiendo la propiedad ajena.
Los pasos de Martín, más tranquilo ya, casi diría hipnotizado por el entorno familiar que le arropa, se dirigen ahora por el camino de albero que serpentea entre los cipreses centenarios —esos guardianes gigantescos que tanto le asustaban en su infancia— sin prisa por llegar ante la puerta principal de la casa; de su casa.
El camino desemboca en una pequeña plazuela circular con una fuente en el centro, sobre la que descansa una estatua de querubín alado que sostiene en su mano, a modo de espada, una rosa plagada de espinas afiladas. El ángel mantiene la cabeza gacha y apunta con la otra mano hacia la puerta principal del palacete, un edificio de piedra y madera, construido —según contaba la abuela Pura— con los bloques sobrantes del Monasterio del Escorial.
Decide seguir adelante. Sólo se detiene frente a la fachada sur, en cuyas escaleras de granito solía pasar horas —incluso días enteros— leyendo alguno de los miles de volúmenes que poblaban la biblioteca del ático. Se ha sentado un momento en la mecedora de mimbre y enea que utilizaba su abuelo, ha cerrado los ojos y ha aspirado con fuerza por la nariz hasta inundar sus pulmones con el aroma cercano de las Blue Bourbon —sus rosas favoritas—, y cree escuchar cómo cantan los jilgueros de pechera encarnada, que su tío Julián trajo desde Madagascar, el sonido de los cascos de los caballos entrando al paso en la cuadra, las pisadas de las botas de mamá, el olor a cuero empapado en sudor, el brillo de los herrajes que frotaba su madre, cada tarde, hasta dejarlos como nuevos.
Ese recuerdo materno le despierta sentimientos olvidados y le obliga a abrir los ojos, a volver a este siglo y a retomar su misión, aunque realmente no sabe muy bien por qué ha vuelto. Abandona la mecedora y rodea la casa en sentido oeste hasta plantarse frente a la rosaleda, el único lugar cuya puerta no se atrevió a traspasar.
Mientras vivió en la finca, jamás se le permitió discutir con los adultos; las normas estaban para cumplirlas, nunca para discutir si eran o no razonables; no se buscaban porqués ni se pedían explicaciones: las órdenes del abuelo se cumplían y punto.
Al cruzar la cancela de madera que permite el acceso al jardín privado de Don Miguel, el camino cambia el albero por una estrecha lengua de grava blanca, miles de piedras pequeñas y redondas, que resaltaban en su día el abanico multicolor de los cientos de rosales plantados, uno a uno, por el bisabuelo Solís. Ahora, esas piedras semienterradas entre hierbas altas y hojas caídas, apenas mantienen una pizca de aquel color brillante que deslumbró a Martín años atrás, que le hacía pensar en minúsculas canicas brillantes que se encendían durante la noche y protegían el rincón secreto de su abuelo: la rosaleda.
Por primera y última vez, se atreve a pisar aquel camino y lo hace con respeto, casi con miedo, adentrándose entre macizos asilvestrados de Baccará rojo geranio, que apenas le permiten avanzar, se le enganchan en la americana y sus espinas le arañan la cara y los brazos hasta hacerle sangrar. Se ha quitado la chaqueta negra que lució esta mañana en el funeral, ha envuelto con ella su brazo derecho y la utiliza como improvisado machete, abriéndose paso por lo que antaño fue un pasillo de pequeños arbustos de Gallica amarilla, convertido ahora en una masa informe y multicolor, de la que emana un perfume espeso y entremezclado, un aroma penetrante de efecto casi somnífero.
Al cabo de unos minutos de lucha desigual, la gran densidad que el abandono ha concedido a rosas, ramas y hojas, logra formar una cúpula casi opaca, que convierte el camino en algo similar a un túnel oscuro forrado con alambre de espinos, una especie de pesadilla que habría hecho desistir del paseo al aventurero más aguerrido. Pero Martín no se plantea siquiera detenerse.
Han pasado más de veinte años desde la última vez que alguien atravesó este camino empedrado. Fue el día en que murió la abuela Pura, y Don Miguel, tras cerrar con llave la cancela de madera, juró ante Dios que nadie más entraría en la rosaleda mientras él viviera. Y parece que lo ha cumplido.
Empapado en sudor y con el cuerpo repleto de arañazos, Martín comienza a sucumbir al empeño, se mueve despacio, agachado bajo las ramas de Cabbage que le hacen jirones la camisa y con los ojos medio cerrados por la somnolencia que le produce ese perfume casi sólido. Ya de rodillas, sin voluntad de rendirse pero exhausto y dolorido, decide descansar un rato antes de seguir adelante, consciente de que quizá tampoco tiene fuerzas para retroceder.
Frente a la puerta de la finca, dos individuos esperan de pie junto a una furgoneta azul. Uno de ellos, el más alto, habla por su teléfono móvil mientras el otro, enfundado en un mono azul de trabajo, examina con la vista la altura de la verja —una estructura formada por barrotes de hierro de unos tres metros, coronados por remates con forma de punta de lanza. Tras acercarse hasta la valla, intenta sin éxito zarandearla y decide volver hasta la furgoneta, cabizbajo y resignado.
Cuando despierta, Martín comprueba que se ha hecho de noche. El frío serrano del otoño se le agarra a los huesos y le hace temblar como a un bebé, pero no tiene fuerzas para moverse y se abandona de nuevo al sueño, arropado por el aroma familiar de la Dammask de otoño. Se ha cubierto con lo que queda de la chaqueta y se adentra soñando en un paseo —con medio siglo de retraso— por ese mismo jardín que es ahora su cárcel vegetal.
Sigue dormido, con los ojos cerrados, pero puede ver con claridad el camino de grava limpia bajo sus alpargatas blancas de esparto. Los rosales almizcleños que bordean el empedrado están en plena floración y le envuelven en una nube perfumada que identifica de inmediato. Se dirige entonces hacia un parterre repleto de Garnette color magenta, tras el que escucha risas y conversaciones que le resultan cercanas y familiares. Atraviesa un arco de Kordess Perfecta y entra en un rectángulo de hierba recién cortada, cubierto por una carpa de lona. En el centro, un poste de madera sujeta la tela, que permanece atada por sus cuatro esquinas a otros tantos rosales viejos. Junto al poste, alrededor de una pequeña mesa de mármol, su madre y su tío Julián toman el té y escuchan a una cría de jilguero que lanza sus primeros trinos dentro de una jaula de bambú; los abuelos, mientras, recortan con cuidado unos tallos de Baccará rojo geranio.
La enfermera que le ha traído la sopa reconoce no saber nada sobre rosas, pero se afana por colocar las tres docenas de flores rojas en un jarrón de plástico, que ha apoyado junto a la ventana de su habitación. Es ella la que le ha contado que fueron los jardineros quienes le encontraron desmayado, cerca de la cancela, mientras comenzaban a desbrozar el antiguo jardín de los Solís.
Cuando despertó esta mañana, escuchó al médico decir que llegó al hospital sin conocimiento, en la trasera de una furgoneta azul, pero abrazado con fuerza a un ramo enorme de rosas. Según sus palabras, presentaba un cuadro de hipotermia severa, un principio de intoxicación aún por determinar y casi se había desangrado por culpa de los arañazos que le cubrían el rostro, la espalda y los brazos.
Al terminar de comer, Martín ha inhalado con fuerza el aroma de las Baccará, se ha recostado en la cama articulada y se ha quedado profundamente dormido; esta vez, con una amplia sonrisa en los labios.
Esto se le ocurrió a
Yisus
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7:25 p. m.
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