confesiones
Me gustas tú.
No me gusta estar sin ti.
reflexiones en voz alta de un aprendiz de escritor
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Etiquetas: Conil
A veces, durante mis largos paseos por Madrid, practico un juego sencillo pero difícil de mantener: se trata de intentar tomar conciencia del acto de caminar, de identificar la orden enviada desde el cerebro a una pierna para que se encoja, avance, vuelva a estirarse y apoye el pie sobre una superficie estable y seca. Cada paso requiere un trabajo de identificación de voluntades bastante complicado, seguido de otro igual de complejo y, sin tiempo para analizarlo, otros mil pasos siguen al primero de forma automática. Nunca logro mantener la concentración más de diez o quince metros, porque el cerebro reclama su ancho de banda para dedicarlo a otras necesidades más urgentes. Pues bien, una de esas necesidades es la de hablar solo. Lo hago continuamente, casi de forma obsesiva, como intento de huída de una soledad autoimpuesta que disfruto y sufro a partes iguales. La disfruto porque me permite compartir ideas, visiones y análisis de la realidad con quien mejor me conoce, sin ingerencia de terceras personas ni conversaciones no deseadas. La sufro porque el ser humano es, por naturaleza, sociable, salvo excepciones patológicas como la mía.
Esos cerca de cuarenta años de charlas interminables, casi habían ocupado por completo mi disco duro cerebral, ese en el que falsamente creemos que nunca se agota el espacio. El mío estaba tan lleno que no he tenido más remedio que empezar a sacar información, a liberar neuronas para hacer hueco a futuras introspecciones, a separar trigo y paja para seguir cosechando ideas y almacenando información perecedera.
El trabajo de volcado de memoria comenzó en agosto de este año, con mi portátil recién comprado y una moderna cámara web, que registraba copias de seguridad en formato avi. Cada día, después de desayunar, grababa sesenta o setenta segundos de una especie de diario hablado, en el que repasaba brevemente las anécdotas y reflexiones del día anterior, junto con deseos y previsiones para el que estaba comenzando. La idea me gustó, y me lancé a compartirla con algunos amigos, un grupo reducido a los que fui mostrando, de uno en uno, la primera página de este diario virtual. La iniciativa tuvo tanto éxito que se convirtió en cita obligada de las sobremesas estivales, y me llevó a tomar esta tarea como costumbre y a perfeccionarla día a día. En una semana ya estaba recitando poemas de Ángel González, organizando tertulias literarias y, sin darme cuenta, grabando mi primer texto: escala de grises. A éste le siguieron otros dos, y a esos dos otros cuatro, hasta que comprendí que necesitaba ayuda para expresar con corrección la catarata de ideas que me surgía diariamente. Fue entonces cuando me hablaron de la Escuela…
El resto ya lo conocéis: los trabajos semanales, los microcuentos de la Cadena Ser, algún que otro concurso, el blog y la necesidad diaria de sentarme a escribir. Sólo han pasado cuatro meses desde el primer volcado de memoria, desde que decidí compartir esas conversaciones privadas y me convertí en aprendiz de escritor. No tengo, por tanto, motivaciones arrastradas desde la infancia, recuerdos de mis deseos de escribir ni una larga historia con la que razonar esta pasión. Sólo sé que a veces, mientras escribo, practico un juego sencillo pero difícil de mantener: intento tomar conciencia del acto de escribir.
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Etiquetas: Microcuento
El Ministerio de Fomento es un edificio de granito escurialense, recio, sobrio y frío, idéntico a los otros cinco bloques ministeriales que lo rodean, formando un recinto administrativo de columnas y soportales que enclaustran un patio desproporcionado, digno del mayor desfile militar de la época franquista en la que se construyó. Por aquel entonces se denominó Ministerio de Obras Públicas, y su misión inicial consistió en sembrar este país de carreteras y pantanos, cuyas inauguraciones quedaron plasmadas en blanco y negro, para gloria de algunos y vergüenza de bastantes más, principalmente los familiares de los presos que trabajaron en esas construcciones, muchos de los cuales perdieron la vida en nombre de la prosperidad nacional.
En una de esas obras comenzó su andadura profesional Mariano Peláez Cantalapiedra, oficial administrativo con categoría veinticuatro, seis sexenios, un trienio y treinta y ocho años de antigüedad laboral, que le facultan para ocupar uno de los pequeños despachos individuales de la sección octava, la encargada de administrar los planos de las primeras presas que se construyeron en España.
El despacho donde se oculta Peláez no tiene más de cinco metros cuadrados, pero a él no parece importarle; tampoco parece que le preocupe carecer de ventana, de secretaria e incluso de ordenador. Nada de eso le hace falta para desempeñar una misión que quedó obsoleta hace décadas, pero que él desempeña con la misma dedicación y entrega del primer día: ninguna.
Su trabajo consistía inicialmente en revisar, centímetro a centímetro, todos y cada uno de los miles de planos utilizados en las distintas presas que se construían, con el fin de detectar posibles errores cometidos por los ingenieros, tanto en el cálculo de las estructuras como en la correcta ortografía de topónimos y demarcaciones.
No hace falta decir que Peláez no sabía, ni sabe, una palabra de ingeniería, de cálculos, de estructuras o de hidrodinámica, lo cual le facultaba perfectamente para ocupar un puesto que jamás hizo falta, pero que nadie se atreve a eliminar, quizá porque Mariano es sobrino del primer ministro que ocupó esa cartera, allá por mil novecientos cincuenta y tantos. Desde entonces es como si nadie se hubiera planteado ni por asomo la posibilidad de asignar a Peláez a otro puesto, en el que no sabría qué hacer y para el que no está, de ninguna manera, preparado.
Mariano pasa sus ocho horas reglamentarias en el pequeño despacho de la planta semisótano, donde lee tres periódicos distintos, además de completar sus correspondientes crucigramas y sudokus; revisa exactamente doce planos cada día, siguiendo un orden alfabético que comienza a primeros de enero con la presa de El Atazar y finaliza poco antes de Navidad, con la revisión exhaustiva de los noventa y seis correspondientes a la pequeña presa de Zorita. Conoce perfectamente cada uno de los canales, conductos, aliviaderos y escaleras de todas las presas españolas construidas antes de la llegada de la democracia. Si su fobia social se lo permitiera, podría presumir ante compañeros y amigos de sus detallados conocimientos, e incluso ganaría cualquier concurso televisivo de carácter cultural en el que el tema fuera la ingeniería civil.
Pero Mariano jamás habla voluntariamente con nadie. Cualquier estudiante de primer curso de sicología podría diagnosticarle con sólo observar su comportamiento diario en el ministerio. Nunca saluda a sus compañeros de pasillo, aunque tenga que apartarse a su paso por culpa de la estrechez del mismo. Lleva cerca de treinta años en ese edificio y nadie ha escuchado su voz, o al menos nadie lo recuerda, por lo que corre el rumor de que es sordo, mudo e incluso algo retrasado. Él lo sabe y no hace nada por desmentirlo. Le gusta ser un tullido social.
El primer lunes del mes de mayo, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, una furgoneta oficial, con cristales tintados, conducida por un individuo de traje negro al que acompañaban otros dos, idénticamente vestidos, entró en el enorme patio de la sede ministerial y se detuvo delante de la puerta de la sección octava, la que conduce al estrecho pasillo en el que Peláez pasa sus ocho horas reglamentarias.
No todos los días se ve a tres armarios trajeados pasearse por ese subterráneo, por lo que la novedad alteró a media docena de funcionarios que salieron de sus despachos como conejos que abandonan las madrigueras.
Cuando entraron sin llamar en el cubil de Mariano, el corro de curiosos —la fila india, en realidad— había aumentado y cuchicheaba sin pudor sobre historias inverosímiles recién inventadas; se oyó decir que podía ser un terrorista encargado de colocar una bomba en el ministerio, que quizá había matado a su esposa y la había descuartizado antes de echársela a los cerdos, que podía tratarse de un espía que filtraba información a las embajadas cercanas, y no sé cuántas fantasías más, en el escaso cuarto de hora que tardaron en salir. Cuando la expectación empezaba a desbordar el reducido espacio que separaba el despacho dieciséis de la puerta de salida, uno de los tipos de negro abrió de golpe la puerta y solicitó, en un perfecto castellano, que se fueran todos a tomar por culo y despejaran el pasillo. Peláez, con un gorila delante y otro detrás, recorrió el camino a ritmo de legionario y se vio, casi sin enterarse, dentro de la furgoneta de cristales ahumados camino de la primera aventura de su vida, aunque fuera muy a su pesar.
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Yisus
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Hoy me he levantado de muy buen humor; no me duele nada, el café no se ha atrevido a hervir, las tostadas han saltado en el momento justo y en la calle luce un sol de los que invitan a comerse el mundo.
Hoy voy a verla.
Hace casi un año que discutimos por última vez; más de trescientos días sin decirle que la quiero, sin escuchar sus reproches, sus críticas a media voz y sin sentir en la nuca esa mirada que me erizaba el pelo del cogote. Hoy por fin me atrevo a plantarme frente a ella sin que las lágrimas arruinen la frase que he estado semanas preparando: ¿qué tal estás?
El trayecto emocional de estos últimos meses se ha parecido bastante a una montaña rusa, pero sin arneses ni barandillas a las que agarrarse. Al principio todo era una cuesta abajo a la que no se veía el final, una caída en picado por la ladera de un barranco infinito. Después empezaron a aparecer pequeños repechos que aliviaban temporalmente la brusquedad del descenso, pero no eran más que breves descansos en un largo periodo de fatiga física y mental. Con el paso de los meses, esas etapas de recuperación se fueron prolongando y de vez en cuando se solapaban, dando lugar a los primeros momentos de paz interior después de una etapa tan tormentosa.
Hoy ya se ha invertido el sentido de la marcha y la vía pica hacia arriba de forma suave y continua, en un ascenso leve que me hace despertarme cada día con ganas de vivir y de decirle al mundo que ya estoy bien, que vuelvo a tener las riendas de mi vida, que ya no me atormenta su ausencia.
Hemos quedado a comer en un restaurante nuevo que han abierto cerca de su apartamento. Es una de esas concesiones que se pueden hacer a estas alturas, cuando la seguridad en uno mismo te permite acercarte hasta la que fue tu casa, sin que los recuerdos te hagan dar un rodeo kilométrico para evitar sensaciones, olores y visiones que, hace unos meses, me habrían sumido en una tristeza tan honda como sin sentido.
Espero que los nervios me permitan expresarme con claridad, contar lo que siento y cómo lo siento, sin dejarme llevar por la emoción de volver a verla, de sentir su presencia y quizá, por qué no, su olor o su tacto.
Aquella última discusión, en la que negó tantas veces que yo la quería, en la que logró sacarme de quicio con sus juegos dialécticos y su no querer entender, o querer no entender, o ni querer ni entender, fue la última vez que la tuve a mi lado, aunque en realidad estábamos ya a miles de kilómetros de distancia.
Ahora, por fin, puedo enfrentarme a su presencia y salir airoso del envite, tranquilo y sereno, vivo. Pero si me interroga, si por casualidad se le ocurre sacar de su chistera esa duda que nos separó, esa pregunta que me persigue cada noche, no voy a poder mentirle: sí, claro que te sigo queriendo, como el primer día.
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Yisus
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