5 de febrero de 2007

tenemos que hablar

fotografía de Ohack

De entre los miles de mensajes que se amontonan a diario en mi buzón electrónico, rescato hoy uno que me invita, con la promesa de una mínima recompensa monetaria, a contestar una encuesta sobre lengua hablada. Me deshago como siempre de viagras milagrosas, loterías multimillonarias, jovencitas despampanantes que mueren por citarse conmigo y la habitual promesa de un alargamiento que dejará mi pene como el de Nacho Vidal. Sola, en el buzón, la encuesta me reclama y la abro. Tras contestar algunas preguntas sobre edad, estudios, gustos y preferencias, paso página y comienzan las cuestiones remuneradas. Leo la primera y ya no puedo seguir.


Pregunta número 1 : ¿Cuál es la frase que más temes o has temido nunca?

Conecto el buscador cerebral de recuerdos, lo envío hacia la zona de frases célebres y enciendo un pitillo para ralentizar la búsqueda, pero antes de la segunda calada, suena el timbre en recepción avisando de que la búsqueda ha concluido.


1 item found: …tenemos que hablar…

Esa es la frase; no aparece ninguna otra y el sistema devuelve una verificación confirmando que no hay error, tenemos que hablar es la frase que más he temido siempre. Son sólo tres palabras, pero consiguen congelarme el corazón. El paso siguiente es comprobar el número de veces que la he escuchado, las fechas y la procedencia de ese aviso envenenado. Afortunadamente, la celeridad de la búsqueda es aún mayor que antes, y tan sólo aparecen tres citas: las fechas abarcan un periodo de diez años; la procedencia es única.
Apago el ordenador y salgo a la calle, empujado por un resorte invisible. Aspiro una bocanada interminable de aire viciado y ordeno un inmediato reinicio de todo el sistema. Estoy limpio.
Jamás volveré a contestar preguntas estúpidas.

14 de enero de 2007

confesiones

Fotografía de Mark Velasquez

Me gustan sobremanera las croquetas caseras de mi amigo Pablo, con una cobertura rígida y tostada, rellenas con la mezcla casi líquida, en la que nadan porciones minúsculas de pollo salteadas con taquitos de jamón ibérico. Casi tanto como las croquetas me gustan las mujeres; si puedo elegir, las prefiero altas, delgadas, de piel morena, pelo largo, pecho generoso y tobillos de cristal; si no puedo elegir, todas me gustan, siempre que me hagan reír. Me gustan las salas de cine vacías, oscuras y silenciosas, con olor a moqueta limpia y butacas que me abracen sin crujir, en las que sólo se escuche la película, y que me permitan convertirme en testigo directo de la trama, como si estuviera al otro lado de la tela blanca impoluta. Me gustan los perdedores de novela que acaban enamorando a la chica, que fracasan cada día pero te atrapan con una mezcla de ternura y lástima, hasta el punto de sentir una terrible envidia, de querer convertirme en su alter ego y enamorarme de su chica y sus frustraciones. Me gusta madrugar en verano y llegar a la playa antes de que salga el sol, pasear durante kilómetros con el agua acariciándome los pies, esquivando conchas y persiguiendo despacio a grupos de confiados correlimos, a los que nunca llego a alcanzar, para terminar bañándome desnudo en un agua fría y cálida a la vez. Me gusta navegar a vela, el olor salado de la espuma en alta mar y los horizontes planos de trescientos sesenta grados. Me gusta el sonido del silencio que acompaña a las nevadas copiosas, contar los segundos que transcurren entre un rayo y un trueno, la niebla que se pega a la ladera de Somosierra y asciende deslizándose montaña arriba. Me gustaba cómo giraba la cabeza Curro, mi cocker, cuando era cachorro, con los ojos muy abiertos y una expresión de sorpresa y alegría a partes iguales. Me gusta el olor a napolitana recién hecha que se escapa por las puertas de La Mallorquina e inunda la boca de metro de Sol. Me encanta que me beses en el cuello por sorpresa, en público y sin venir a cuento.

Me gustas tú.

No me gustan los pantalones de tergal que me obligaban a llevar de pequeño, los abrigos fabricados con pieles de animales, los coches tuneados, los muebles de metacrilato. No me gusta nada el tacto de los manteles de papel, la cerveza servida en vaso de tubo, los gintonics sin limón ni los cubiertos de plástico. No me gustan los libros huecos que se compran por colores para decorar estanterías. No me gusta el olor a miedo que rezuman las salas de urgencias, ni las comisarías. No me gusta el color verde de las batas de cirujano, el olor a sudor de los vagones de la línea cinco; me repugna que apaguen las colillas sobre el plato de la comida. Las mentiras piadosas siempre me han dado rabia, porque son, al fin y al cabo, mentiras. Odio las mentiras; no soporto, ni soportaré nunca, que me mientas, que te excuses para no hacer el amor, que gimas a media voz, que no gimas.

No me gusta estar sin ti.

13 de enero de 2007

Mitos y parejas

Fotografía de JadeButterfly

Según cuenta Aristófanes en El Banquete de Platón (y recuerda Murakami en Kafka en la orilla), antes existían tres géneros de humanos: los hombres, las mujeres y los andróginos —mitad hombre mitad mujer. Los dioses, capitaneados por Júpiter, ante el temor de que la fuerza de estos humanos —de cuatro piernas, cuatro brazos, doble cabeza y dos aparatos reproductores— les permitiera escalar hasta el cielo y combatir por conquistarlo, determinaron que la mejor forma de evitarlo era partirlos en dos; desde entonces, cada uno de los mortales buscamos con ahínco la mitad que nos falta, intentamos durante toda nuestra vida la unión perfecta, la que encaja hasta el milímetro con nosotros y forma, de nuevo, ese ser mitológico de fuerza y habilidad sobrehumanas.

Ahora, lo llaman pareja.

15 de diciembre de 2006

tómalo

Fotografía de Jeunes Voulus

Jamás pensé que se atrevería a hacerlo, pero lo hizo. Se incorporó, me miró a los ojos y comenzó a desabrochar, uno a uno, los botones nacarados de su blusa. Después, clavó las uñas bajo el pecho izquierdo, formando un círculo que se fue hundiendo hasta alcanzar el corazón. Lo extrajo, con cuidado, y lo depositó sobre la almohada, junto a mi cara.
—Tómalo, tuyo es, mío no.

12 de diciembre de 2006

mi mano

Fotografía de Gillianleigh

Me duele la mano de tanto andar. Mis dedos caminan hace horas por las sábanas de tu cama, buscando la espalda sobre la que tantas veces pasearon, camino de tu cuello, blanco, liso y perfectamente imperfecto, en busca de esa cabeza en la que se enredaban y jugaban durante horas, mecidos por tus gemidos a media voz, antes de descender hasta tu pecho, de detenerse a descansar en el balcón de esas joyas que cubrían tu corazón y saciaban el mío. Me duele la mano y el brazo que la sujeta, porque él también se desplaza en tu busca, desde la almohada hasta los pies de esa cama que antaño era pequeña y, ahora, cuenta por kilómetros los pasos que la recorren. Me duele el hombro que los mantiene a ambos, el punto de apoyo desde el que se trazan las caminatas que no llevan a ninguna parte, las excursiones baldías que siempre regresan sin haber divisado un centímetro de tu piel. Me duele el corazón que bombea sangre hasta esos miembros agotados, sabedor a conciencia de que impulsa un flujo estéril, un combustible que no arde si no se calienta contra tu cuerpo.
Ahora, mi mano pasea sin rumbo por la casa, arrastrando al resto del cuerpo en un viaje no programado, en un circuito sin destino que siempre repite parada en el mueble bar, donde, a veces, se apoya junto a tu copa, esperando que esa voz tan familiar le pida, una vez más, dos cubitos de hielo y un masaje cervical.

3 de diciembre de 2006

motivos

Fotografía de Jungmoon


A veces, durante mis largos paseos por Madrid, practico un juego sencillo pero difícil de mantener: se trata de intentar tomar conciencia del acto de caminar, de identificar la orden enviada desde el cerebro a una pierna para que se encoja, avance, vuelva a estirarse y apoye el pie sobre una superficie estable y seca. Cada paso requiere un trabajo de identificación de voluntades bastante complicado, seguido de otro igual de complejo y, sin tiempo para analizarlo, otros mil pasos siguen al primero de forma automática. Nunca logro mantener la concentración más de diez o quince metros, porque el cerebro reclama su ancho de banda para dedicarlo a otras necesidades más urgentes. Pues bien, una de esas necesidades es la de hablar solo. Lo hago continuamente, casi de forma obsesiva, como intento de huída de una soledad autoimpuesta que disfruto y sufro a partes iguales. La disfruto porque me permite compartir ideas, visiones y análisis de la realidad con quien mejor me conoce, sin ingerencia de terceras personas ni conversaciones no deseadas. La sufro porque el ser humano es, por naturaleza, sociable, salvo excepciones patológicas como la mía.
Esos cerca de cuarenta años de charlas interminables, casi habían ocupado por completo mi disco duro cerebral, ese en el que falsamente creemos que nunca se agota el espacio. El mío estaba tan lleno que no he tenido más remedio que empezar a sacar información, a liberar neuronas para hacer hueco a futuras introspecciones, a separar trigo y paja para seguir cosechando ideas y almacenando información perecedera.
El trabajo de volcado de memoria comenzó en agosto de este año, con mi portátil recién comprado y una moderna cámara web, que registraba copias de seguridad en formato avi. Cada día, después de desayunar, grababa sesenta o setenta segundos de una especie de diario hablado, en el que repasaba brevemente las anécdotas y reflexiones del día anterior, junto con deseos y previsiones para el que estaba comenzando. La idea me gustó, y me lancé a compartirla con algunos amigos, un grupo reducido a los que fui mostrando, de uno en uno, la primera página de este diario virtual. La iniciativa tuvo tanto éxito que se convirtió en cita obligada de las sobremesas estivales, y me llevó a tomar esta tarea como costumbre y a perfeccionarla día a día. En una semana ya estaba recitando poemas de Ángel González, organizando tertulias literarias y, sin darme cuenta, grabando mi primer texto: escala de grises. A éste le siguieron otros dos, y a esos dos otros cuatro, hasta que comprendí que necesitaba ayuda para expresar con corrección la catarata de ideas que me surgía diariamente. Fue entonces cuando me hablaron de la Escuela
El resto ya lo conocéis: los trabajos semanales, los microcuentos de la Cadena Ser, algún que otro concurso, el blog y la necesidad diaria de sentarme a escribir. Sólo han pasado cuatro meses desde el primer volcado de memoria, desde que decidí compartir esas conversaciones privadas y me convertí en aprendiz de escritor. No tengo, por tanto, motivaciones arrastradas desde la infancia, recuerdos de mis deseos de escribir ni una larga historia con la que razonar esta pasión. Sólo sé que a veces, mientras escribo, practico un juego sencillo pero difícil de mantener: intento tomar conciencia del acto de escribir.

29 de noviembre de 2006

mi amiga

Fotografía de 3rd Foundation

Laura me está ayudando a preparar la merienda y a decorar el salón. Tenemos que terminar antes de las cinco, no sea que llegue algún invitado y nos pille sin arreglar. Nos estamos dando toda la prisa que podemos, cortando las rebanadas, untando fuagrás y sobrasada, colocando los vasos y platos de papel, las servilletas, los cuencos con pistachos y cacahuetes, sin olvidar las serpentinas y sobre todo la cucaña que ha traído tía Marisa. Estamos las dos solas, pero nos apañamos muy bien.
Aunque mis padres no puedan verla, Laura es la mejor amiga que tengo. Marisa y las demás tampoco la ven, pero a nosotras nos da igual. Lo hacemos todo juntas y no nos importa que algunos idiotas se rían y digan que estoy loca. Mamá le ha dicho a la abuela que es normal, que muchos niños tienen amigos imaginarios, que es una fase del crecimiento, o algo así. Pero la abuela está muy triste y dice que hay que ser canalla para comerciar con la salud de tu hija. Yo no lo entiendo muy bien, pero me da pena que discutan por mi culpa, por mi amiga imaginaria.
Pero Laura no es imaginaria. Cuando desperté después de la operación ella ya estaba allí. Ocupaba la cama de al lado, en esa habitación tan blanca en la que pasamos casi dos semanas. Desde entonces siempre ha estado conmigo y no nos separamos ni un minuto. Ni siquiera cuando vamos a la clínica para la revisión semanal. Mientras me conectan todos esos cables en la cabeza, ella se sienta enfrente y me cuenta cosas para entretenerme.
Papá ya no tiene que ir a trabajar al taller, ni se le quedan las uñas negras de grasa. Con el dinero que le dieron los médicos, se ha jubilado y pasa todo el día con nosotras en el chalé. Laura dice que han sido muchos millones, pero que no debo culparle por ello, porque gracias a ese contrato nos hemos conicido. Mamá ha dejado de limpiar en casa de doña Dolores. Desde que nos mudamos aquí, todos los días viene una chica mulata y lo limpia todo, nos hace la comida y plancha la ropa nueva. A mí no me gusta mucho ir de tiendas, pero mamá dice que debemos estar siempre muy bien arregladas, como esas amigas nuevas con las que merienda cada tarde en el club.
La doctora Villanueva es la única puede ver a Laura. Cuando se pone ese casco tan raro y lo conecta con mis cables, las tres charlamos y jugamos a un montón de cosas: nos movemos a la vez, decimos las mismas frases sin equivocarnos, incluso podemos adivinar lo que ha escrito la otra sin necesidad de verlo. Por eso no me importa ir cada semana a la clínica. Hoy va a venir a casa con su marido, que también es médico y fue quien me operó en la cabeza. Dicen que si todo va bien, en unos meses podré volver al colegio y sacaré mejores notas que antes.
Ahora ya no necesito estudiar, porque Laura sabe cualquier cosa que le pregunte: los nombres de los ríos, las capitales de todos los países, las divisiones con cinco cifras… y sabe hablar un montón de idiomas.
A veces, cuando cree que estamos dormidas, mamá se acerca a mi cama, me da un beso junto al implante y me dice, muy bajito, que la perdone.

24 de noviembre de 2006

la bruja

Fotografía de Ira Bordo

Supo entonces que la casa no estaba vacía, pero tampoco así tuvo valor para llamar a la puerta. Dio media vuelta con su cesta de caramelos, sin perder de vista la ventana del segundo piso. Había visto una luz y supo que la historia era real.
Desde muy pequeña, siempre la habían asustado con el cuento de la bruja de la casa grande, pero no quedaban más sitios donde pedir, y su cesta seguía vacía. Se armó de valor, volvió sobre sus pasos y llamó suavemente con los nudillos. Cuando la puerta se abrió, su madrastra le acarició cariñosamente la cara y le dijo: vamos, Lucía, no querrás llegar tarde el primer día de colegio.

21 de noviembre de 2006

la presa (capítulo 1)

Fotografía de Jiaen

El Ministerio de Fomento es un edificio de granito escurialense, recio, sobrio y frío, idéntico a los otros cinco bloques ministeriales que lo rodean, formando un recinto administrativo de columnas y soportales que enclaustran un patio desproporcionado, digno del mayor desfile militar de la época franquista en la que se construyó. Por aquel entonces se denominó Ministerio de Obras Públicas, y su misión inicial consistió en sembrar este país de carreteras y pantanos, cuyas inauguraciones quedaron plasmadas en blanco y negro, para gloria de algunos y vergüenza de bastantes más, principalmente los familiares de los presos que trabajaron en esas construcciones, muchos de los cuales perdieron la vida en nombre de la prosperidad nacional.
En una de esas obras comenzó su andadura profesional Mariano Peláez Cantalapiedra, oficial administrativo con categoría veinticuatro, seis sexenios, un trienio y treinta y ocho años de antigüedad laboral, que le facultan para ocupar uno de los pequeños despachos individuales de la sección octava, la encargada de administrar los planos de las primeras presas que se construyeron en España.
El despacho donde se oculta Peláez no tiene más de cinco metros cuadrados, pero a él no parece importarle; tampoco parece que le preocupe carecer de ventana, de secretaria e incluso de ordenador. Nada de eso le hace falta para desempeñar una misión que quedó obsoleta hace décadas, pero que él desempeña con la misma dedicación y entrega del primer día: ninguna.
Su trabajo consistía inicialmente en revisar, centímetro a centímetro, todos y cada uno de los miles de planos utilizados en las distintas presas que se construían, con el fin de detectar posibles errores cometidos por los ingenieros, tanto en el cálculo de las estructuras como en la correcta ortografía de topónimos y demarcaciones.
No hace falta decir que Peláez no sabía, ni sabe, una palabra de ingeniería, de cálculos, de estructuras o de hidrodinámica, lo cual le facultaba perfectamente para ocupar un puesto que jamás hizo falta, pero que nadie se atreve a eliminar, quizá porque Mariano es sobrino del primer ministro que ocupó esa cartera, allá por mil novecientos cincuenta y tantos. Desde entonces es como si nadie se hubiera planteado ni por asomo la posibilidad de asignar a Peláez a otro puesto, en el que no sabría qué hacer y para el que no está, de ninguna manera, preparado.
Mariano pasa sus ocho horas reglamentarias en el pequeño despacho de la planta semisótano, donde lee tres periódicos distintos, además de completar sus correspondientes crucigramas y sudokus; revisa exactamente doce planos cada día, siguiendo un orden alfabético que comienza a primeros de enero con la presa de El Atazar y finaliza poco antes de Navidad, con la revisión exhaustiva de los noventa y seis correspondientes a la pequeña presa de Zorita. Conoce perfectamente cada uno de los canales, conductos, aliviaderos y escaleras de todas las presas españolas construidas antes de la llegada de la democracia. Si su fobia social se lo permitiera, podría presumir ante compañeros y amigos de sus detallados conocimientos, e incluso ganaría cualquier concurso televisivo de carácter cultural en el que el tema fuera la ingeniería civil.
Pero Mariano jamás habla voluntariamente con nadie. Cualquier estudiante de primer curso de sicología podría diagnosticarle con sólo observar su comportamiento diario en el ministerio. Nunca saluda a sus compañeros de pasillo, aunque tenga que apartarse a su paso por culpa de la estrechez del mismo. Lleva cerca de treinta años en ese edificio y nadie ha escuchado su voz, o al menos nadie lo recuerda, por lo que corre el rumor de que es sordo, mudo e incluso algo retrasado. Él lo sabe y no hace nada por desmentirlo. Le gusta ser un tullido social.
El primer lunes del mes de mayo, a las ocho y cincuenta minutos de la mañana, una furgoneta oficial, con cristales tintados, conducida por un individuo de traje negro al que acompañaban otros dos, idénticamente vestidos, entró en el enorme patio de la sede ministerial y se detuvo delante de la puerta de la sección octava, la que conduce al estrecho pasillo en el que Peláez pasa sus ocho horas reglamentarias.
No todos los días se ve a tres armarios trajeados pasearse por ese subterráneo, por lo que la novedad alteró a media docena de funcionarios que salieron de sus despachos como conejos que abandonan las madrigueras.
Cuando entraron sin llamar en el cubil de Mariano, el corro de curiosos —la fila india, en realidad— había aumentado y cuchicheaba sin pudor sobre historias inverosímiles recién inventadas; se oyó decir que podía ser un terrorista encargado de colocar una bomba en el ministerio, que quizá había matado a su esposa y la había descuartizado antes de echársela a los cerdos, que podía tratarse de un espía que filtraba información a las embajadas cercanas, y no sé cuántas fantasías más, en el escaso cuarto de hora que tardaron en salir.
Cuando la expectación empezaba a desbordar el reducido espacio que separaba el despacho dieciséis de la puerta de salida, uno de los tipos de negro abrió de golpe la puerta y solicitó, en un perfecto castellano, que se fueran todos a tomar por culo y despejaran el pasillo. Peláez, con un gorila delante y otro detrás, recorrió el camino a ritmo de legionario y se vio, casi sin enterarse, dentro de la furgoneta de cristales ahumados camino de la primera aventura de su vida, aunque fuera muy a su pesar.

15 de noviembre de 2006

claro que te quiero

Fotografía de Glav

Hoy me he levantado de muy buen humor; no me duele nada, el café no se ha atrevido a hervir, las tostadas han saltado en el momento justo y en la calle luce un sol de los que invitan a comerse el mundo.
Hoy voy a verla.
Hace casi un año que discutimos por última vez; más de trescientos días sin decirle que la quiero, sin escuchar sus reproches, sus críticas a media voz y sin sentir en la nuca esa mirada que me erizaba el pelo del cogote. Hoy por fin me atrevo a plantarme frente a ella sin que las lágrimas arruinen la frase que he estado semanas preparando: ¿qué tal estás?
El trayecto emocional de estos últimos meses se ha parecido bastante a una montaña rusa, pero sin arneses ni barandillas a las que agarrarse. Al principio todo era una cuesta abajo a la que no se veía el final, una caída en picado por la ladera de un barranco infinito. Después empezaron a aparecer pequeños repechos que aliviaban temporalmente la brusquedad del descenso, pero no eran más que breves descansos en un largo periodo de fatiga física y mental. Con el paso de los meses, esas etapas de recuperación se fueron prolongando y de vez en cuando se solapaban, dando lugar a los primeros momentos de paz interior después de una etapa tan tormentosa.
Hoy ya se ha invertido el sentido de la marcha y la vía pica hacia arriba de forma suave y continua, en un ascenso leve que me hace despertarme cada día con ganas de vivir y de decirle al mundo que ya estoy bien, que vuelvo a tener las riendas de mi vida, que ya no me atormenta su ausencia.
Hemos quedado a comer en un restaurante nuevo que han abierto cerca de su apartamento. Es una de esas concesiones que se pueden hacer a estas alturas, cuando la seguridad en uno mismo te permite acercarte hasta la que fue tu casa, sin que los recuerdos te hagan dar un rodeo kilométrico para evitar sensaciones, olores y visiones que, hace unos meses, me habrían sumido en una tristeza tan honda como sin sentido.
Espero que los nervios me permitan expresarme con claridad, contar lo que siento y cómo lo siento, sin dejarme llevar por la emoción de volver a verla, de sentir su presencia y quizá, por qué no, su olor o su tacto.
Aquella última discusión, en la que negó tantas veces que yo la quería, en la que logró sacarme de quicio con sus juegos dialécticos y su no querer entender, o querer no entender, o ni querer ni entender, fue la última vez que la tuve a mi lado, aunque en realidad estábamos ya a miles de kilómetros de distancia.
Ahora, por fin, puedo enfrentarme a su presencia y salir airoso del envite, tranquilo y sereno, vivo. Pero si me interroga, si por casualidad se le ocurre sacar de su chistera esa duda que nos separó, esa pregunta que me persigue cada noche, no voy a poder mentirle: sí, claro que te sigo queriendo, como el primer día.