14 de noviembre de 2006

oberón

Fotografía de royalty-free collection

Dejamos atrás Titania y nos acercamos a su satélite gemelo: Oberón. La misión ha sufrido algunos contratiempos y retrasos diversos, provocados por una breve pero intensa tormenta de meteoritos que nos sorprendió en la órbita de Saturno, aunque las reparaciones se han llevado a cabo sin demasiados problemas y afortunadamente todo ha vuelto a la normalidad. La temperatura exterior ronda los doscientos grados bajo cero, por lo que mi idea de una excursión por la superficie de Oberón queda descartada. Enviaré a uno de los XP-600 para recoger muestras y grabar en el interior de alguno de los cráteres gigantes, aunque no creo que a nadie le interese demasiado lo que estamos haciendo aquí.
Hace más de doce años que despegamos de Cabo Cañaveral y casi siete que no recibimos ningún tipo de comunicación desde la Tierra. La idea de que somos los únicos seres vivos del sistema solar cobra fuerza a medida que nuestra excursión va tocando a su fin. Disponemos de energía y alimentos para otros siete años, tiempo más que suficiente para regresar directamente a casa, o a lo que quede de ella. Si lo que dice la teniente Johnson es cierto, la nube radiactiva habrá desaparecido cuando lleguemos, aunque dudo que alguna especie animal haya podido sobrevivir. Quizá nos enfrentemos al reto de repoblar un planeta devastado y sin vida, pero la nave puede servirnos perfectamente de refugio durante varias generaciones.
Desde primeros de noviembre, una vez aprobada por mayoría en la reunión extraordinaria, la nueva norma sobre relaciones sexuales está causando el efecto deseado. Ya se han confirmado seis embarazos y es posible que la cifra aumente hasta doce, porque todas, salvo la cabo Stevenson, lo están intentando con verdadera devoción. Las normas para evitar la endogamia nos obligan a una fidelidad absoluta e inquebrantable, de la que depende por completo la futura supervivencia de esta nueva humanidad que repoblará la Tierra.
El test de compatibilidad genética me ha emparejado de por vida con la cabo Pérez, una atractiva y joven mejicana con la que comparto camarote desde hace dos meses, y en cuyas entrañas se desarrolla, con una salud excelente, el hijo que nunca pude tener contigo.
Si a nuestro regreso todo ha sido una falsa alarma y la Tierra sigue como la dejamos, espero que hayas rehecho tu vida y que puedas perdonarme por esto.
Sinceramente tuyo, tu esposo, Jake.

11 de noviembre de 2006

instinto cazador

Fotografía de archivo

Faltaban nueve días para mi decimoquinto cumpleaños cuando llegamos a Torrenueva. Mientras mis padres comenzaban a deshacer el equipaje y mis hermanas se peleaban por hacerse con la litera de arriba, yo me escapé hasta la casa de Julián para dar comienzo a nuestra primera aventura veraniega.
El sueldo de oficinista de mi padre sólo nos alcanzaba para un pequeño apartamento en una urbanización antigua y lejos de casi todo, mientras que el chalet que habían alquilado los padres de Julián era una enorme construcción de dos plantas, rodeada por un jardín que terminaba en la misma arena de la playa. La casa era grande y lujosa, pero lo que a mí me fascinó desde el principio fue la piscina.
Se parecía bastante a las que había visto en algunas revistas de las que suele leer mi madre, en reportajes sobre grandes estrellas de Holliwood o millonarios árabes forrados de petrodólares. Tenía forma de riñón gigante y en uno de sus extremos contaba con una pequeña isla a la que se accedía por un puente de madera sin barandilla. En mitad de ese islote, tumbada sobre una hamaca blanca del tamaño de mi cuarto, la señora Salvatierra tomaba el sol desnuda.
Julián Salvatierra había llegado ese año al liceo de los Agustinos, después de llevar casi toda su vida saltando de colegio en colegio a medida que a su padre, militar de carrera, le iban destinando en distintas ciudades españolas y del norte de África. Al principio se sentaba solo en la última fila de pupitres, reservada habitualmente para los alumnos nuevos y para aquellos a los que nuestros directores espirituales consideraban una especie de almas descarriadas. El padre Tomás, nuestro tutor y profesor de matemáticas, decidió que Julián debía sentarse junto al alumno más popular de la clase, que por aquel entonces era yo, con el fin de integrarse rápidamente en el grupo y evitarle más retrasos escolares de los que ya acumulaba. Desde entonces nos hicimos casi inseparables.
Los planes para ese verano podían resumirse en dos palabras: ligar y ligar. La explosión de hormonas que había invadido nuestros cuerpos a medio hacer nos impedía pensar en cualquier otra cosa que no fueran chicas, chicas y chicas. Julián, que ya llevaba dos años veraneando en Torrenueva, se había encargado de preparar una lista de las discotecas a las que nos dejarían entrar, de las zonas de la playa en las que se tumbaban las amigas de su hermana y de los horarios en los que la mayoría de las veraneantes quinceañeras acudían al club náutico a perfeccionar su tenis. Todo estaba planeado casi al minuto, incluyendo direcciones de los lugares a los que debíamos acudir, nombres de los porteros de las discotecas y claves para entrar gratis en la mayoría de sitios de moda.
El día siguiente a nuestra llegada, la madre de Julián me invitó a cenar con ellos en su casa. A mis padres les pareció bien y, aunque nosotros queríamos echarnos a la calle lo antes posible, supuse que no debía rechazar la invitación. Con suerte, antes de medianoche estaríamos en la puerta de alguna discoteca.
La cena resultó mucho más incómoda de lo que había imaginado. Cada vez que la señora Salvatierra —Teresa, como ella insistía en que la llamara— me miraba, yo sólo lograba ver a esa mujer desnuda que me había recibido el día anterior desde su hamaca blanca. Acto seguido me ruborizaba y tenía que apartar la vista para tratar de aplacar al bulto rebelde que me estallaba en el pantalón. Después de cenar, mientras Julián negociaba con su padre la hora de llegada, Teresa me abordó en la cocina y me preguntó si lo había pasado bien. Mentí y ella propuso que nos diéramos todos un baño en la piscina antes de salir. Julián apareció de repente y logramos escapar de allí a tiempo para evitar esa inmersión familiar. No sabía muy bien por qué pero me sentía al mismo tiempo liberado y estafado.
Los primeros días nos limitamos a marcar el terreno, igual que había visto hacer tantas veces a los leones de esos documentales que nos ponía el padre Tomás los viernes por la tarde. Nos acerábamos con descaro a los grupos de chicas mientras reíamos torpe y escandalosamente para llamar su atención. Jugábamos a las palas tan cerca de ellas como podíamos, dejando caer la pelota con demasiada frecuencia sobre sus toallas y manteniendo una sonrisa forzada que terminaba por marcarnos las mejillas. Todo esfuerzo era poco para lograr nuestro objetivo. Éramos un tándem torpe pero perfectamente sincronizado.
El padre de Julián tuvo que volver a Madrid por asuntos de trabajo, pero insistió en que se mantuvieran los planes de la fiesta tal como se habían decidido la primera noche que cené en su casa. Podíamos invitar a tanta gente como quisiéramos y quedarnos en la piscina toda la noche, siempre que nos abstuviéramos del alcohol y de cualquier tipo de drogas. Teresa se ofreció a prepararlo todo y nosotros sólo nos dedicamos a reclutar invitados.
Faltaban tres días para el gran evento y la pareja de cazadores cerraba el círculo sobre sus presas, utilizando con descaro todas las técnicas de que disponían. Julián era más lanzado y lograba con facilidad que las chicas le rieran las gracias y aceptaran gustosas las copas a las que invitaba sin parar. En la jungla playera, el dinero y la ropa de marca eran las zarpas más afiladas con las que se podía atacar. Yo me mantenía casi siempre en la retaguardia, aprovechando la debilidad de las presas menos dotadas y recogiendo los trozos que se le caían a Julián de la boca. Mi cabeza pasaba más tiempo en la isla de Teresa que en la sabana de Julián.
Todas las mañanas me dejaba caer por el chalet antes incluso de que mi amigo despertara, ansioso por compartir con su madre un desayuno a base de huevos, beicon, zumo y tostadas. Después retrasaba todo lo posible nuestra salida hacia la playa; mientras Teresa doraba su cuerpo desnudo sobre la hamaca, yo nadaba sin parar en círculos concéntricos alrededor de la isla que tanto perturbaba mi cabeza. Julián se enfadaba siempre y terminaba por largarse, acusándome de descuidar mis obligaciones de cazador. Aquello me hacía sentir mal, pero no podía evitar el deseo de que se fuera y nos dejara solos.
La lista ya estaba casi terminada: doce chicas y siete chicos nos acompañarían en la noche más importante de mi vida. Teresa supervisó personalmente los apellidos de cada uno de los invitados, a cuyos padres conocía del club náutico y de cuya reputación no tenía ninguna duda. Julián no terminaba de decidirse entre Verónica Sánchez Andrade, un pibón rubio de dieciséis años y un metro setenta, y Mónica Gómez de la Rápita, una morena espectacular con la que se había revolcado un par de veces en la discoteca. A mí me había reservado a Jimena Gómez de Carrizosa, una andaluza muy simpática a la que yo no terminaba de verle la gracia. A Teresa tampoco le gustaba para mí. Ni esa ni ninguna.
Después del desayuno abrí los regalos de mis padres y de mis hermanas; una camiseta espantosa, unos vaqueros sin marca que jamás me pondré y el habitual poema ilustrado que las enanas llevaban días preparando. Con el último beso salí pitando para el chalet. Julián ya se había levantado y me esperaba junto a la piscina con mi segundo desayuno, el que de verdad disfrutaba cada día, aunque hoy habría de compartirlo con él, igual que a Teresa.
Los cazadores siempre madrugan para pillar a sus presas medio dormidas, para que no se percaten de su llegada e intenten huir, para que caigan dócilmente en sus garras y se entreguen a ellos sin rechistar. Pero las técnicas de caza sólo funcionan bien cuando todo el equipo hace su trabajo, y yo ese día salía a cazar en solitario.
Llegamos los primeros al club, a pesar de mi insistencia por quedarnos en la piscina toda la mañana. Poco después aparecieron las chicas, más comunicativas y cariñosas que de costumbre, como queriendo dar las gracias por adelantado, como gacelas que se acercan a los leones dando saltos de alegría, ansiosas por ser devoradas.
Julián llevaba raro todo el día, ausente y enfadado a la vez. Creo que no le sentó bien que Teresa hubiera insistido en colocarse a mi lado durante el desayuno, que riera tanto mis gracias y que me llevara de la mano hasta la piscina. Él no decía nada pero su cara lo contaba todo; parecía haber perdido la ilusión por la fiesta, por las chicas y sobre todo por mí, su amigo del alma y compañero de cacería.
En los documentales había escuchado que el peor enemigo de un león es siempre otro león de su manada, normalmente un hermano suyo. Cuando se producía una pelea entre jóvenes leones, el perdedor debía abandonar el grupo para siempre y aprender a cazar por su cuenta. Si no andaba listo, probablemente acabaría siendo presa de las hienas.
Inventé una excusa para largarme del club y Julián ni siquiera se molestó en preguntarme a dónde iba; lo sabía perfectamente. Cuando llegué al Chalet, Teresa se levantó de la hamaca, desnuda, y se acercó lentamente hasta la casa, sin apartar la vista de mí en ningún momento. Entró y dejó la puerta entornada, como las trampas para conejos que solía poner mi abuelo alrededor de su huerto; si el animal entraba, la puerta se cerraba de golpe y ya no podía escapar. Un golpe seco en la nuca era toda la recompensa que recibía la pobre bestia incauta.
En los últimos treinta años he ido siempre de vacaciones con Julián, hemos estudiado la misma carrera, soy padrino de su hija y él lo es de mi boda. Formamos parte de una manada feliz, la alimentamos y la defendemos, pero siempre juntos.
Jamás hemos hablado de aquel día. Los leones somos así.

10 de noviembre de 2006

lo siento tanto

Fotografía de Finnegar

El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande, tan grande que en él podría haber metido los dos pies y parte de una mano, tan grande que podría haber servido como cuna para ese niño al que acababa de atropellar. Toda la pierna derecha se encogió al no haber sido capaz de soltar el acelerador y pisar con fuerza el freno que habría evitado este accidente. Ahora ya ni siquiera la siento. Sólo un pequeño muñón cuelga inerte de mi cadera derecha. Tan inerte como el cuerpecito que descansa debajo de esa manta brillante. Tan absurdo como mi puta dependencia de la botella.

3 de noviembre de 2006

colores

fotografía de EvaSofia


Como todos los días, desperté en mi casa sin saber dónde estaba. A mi lado, desnuda como yo, yacía la mujer más bella que jamás había visto. Sus labios pequeños y redondeados dibujaban una sonrisa que fue iluminando, poco a poco, aquella estancia pequeña y desordenada. En menos de cinco minutos, una explosión cromática se había adueñado de mi cuarto y había despegado suavemente la catarata gris que cubría mis ojos. Volví la vista hacia ella y te encontré a ti. Desde entonces duermo atado a tu tobillo con una cadena arcoíris.

29 de octubre de 2006

gracias

Fotografía de SuperGompen

Esta mañana he tenido una breve charla con mi cuerpo. Antes de permitirme que me levantara de la cama, sin dejarme siquiera tomar ese primer café que me abre los ojos y las neuronas, me lo ha soltado de sopetón. Hoy voy a morir. Hace días que me va dando pistas al respecto, avisos a base de dolores agudos y localizados en esos órganos que se denominan vitales y que, en mi caso, están a punto de dejar de serlo. Creo que ya se ha cansado de esas misivas y hoy ha decidido ser mucho más claro: lo siento pero esta aventura común termina hoy.
Últimamente había notado un deterioro considerable en la cara de ese tipo que, cada mañana, se asoma a mi espejo y me saluda con la familiaridad de quien te conoce bien. No me he atrevido a decirle nada, pero él tampoco ha mencionado el asunto.
He desayunado un café bien cargado, tostadas con aceite y pan fresco con mantequilla y mermelada. Ya no tengo por qué preocuparme de las calorías, el colesterol, los triglicéridos o las transaminasas. Hoy puedo permitírmelo todo, incluso me he fumado un cigarrillo sin filtro, que son los que más daño hacen. Ya da igual.
Ahora, sentado en la mesa del escritorio, en la que han nacido la mayoría de mis criaturas —esas obras a las que he dedicado mi tiempo y mi amor, mi empeño y mi ilusión— aprovecho las últimas fuerzas que me ha concedido este cuerpo para despedirme de quienes fueron, son y serán por siempre mis amigos, mis amantes y, por qué no, mis enemigos. A estos últimos no les dedicaré más tiempo del imprescindible; lo justo para reconocerles el mérito de haberme tenido presente, aunque sólo haya sido para criticarme o traicionarme, o quizá para clavar alfileres sobre algún muñeco de vudú casero vestido con mi ropa. A partir de aquí, todo queda olvidado y perdonado. No tengo tiempo ni fuerzas para odiar a nadie.
A los amigos os debo en gran parte lo que soy. Habéis conseguido que mi existencia se llenara de alegrías y de tristezas compartidas, de momentos inolvidables en lo bueno y en lo malo, pero tanto unos como otros han sido los hilos que me han mantenido unido a la vida, a esta vida que se me escapa y de la que me está costando tanto despedirme. Todos merecíais más de lo que os he dado, mejor trato, más consideración, menos reproches, y sin embargo, os habéis volcado conmigo y vuestro apoyo ha supuesto para mí la fuerza que tantas veces me ha fallado.
A vosotras, mis amantes y pacientes compañeras, las de mi juventud, mi madurez y mi ocaso, debo y quiero manifestaros mi admiración y mi eterno agradecimiento. Vuestro calor ha sido siempre el bálsamo que todo lo cura, el ungüento que cicatriza puñaladas y recompone el alma quebrada, vuestros cuerpos han cobijado al mío y me han dado la vitalidad y la alegría para seguir luchando. Habéis sido para mí el mejor de los regalos, inmerecido quizá pero disfrutado segundo a segundo. A todas os he amado y de todas conservo el mejor de los recuerdos.
A ti, Julián, amigo desde la infancia y representante legal de este viejo, compañero en las diez mil batallas a las que he querido y podido apuntarme, te encargo la penosa tarea de organizar mis cosas a partir de mañana. Con mi cuerpo —ya lo hemos hablado tantas veces— haz lo que acordamos en el testamento: si algo es aprovechable, cosa que dudo, que la ciencia se haga cargo; si no, me incineráis y fin de la historia. En cuanto a mis bienes, tal como también figura por escrito, tú sabrás mejor que nadie cómo administrarlos y a quién dedicar cada cosa. Has estado conmigo desde antes de lo que recuerdo y doy gracias cada día por haber tenido la suerte de contar con un amigo como tú.
Imagino que los creyentes afrontan este momento con una mezcla de miedo y esperanza, de dolor por los que se quedan y de alegría por el paraíso al que se dirigen, en el que encontrarán sin duda a quienes se fueron antes que ellos. A mí el agnosticismo me ha evitado cualquier tipo de duda. No tengo miedo porque no espero encontrar nada, ni malo ni peor, al final de ese famoso túnel en el que estoy a punto de entrar. Tan sólo soy lo que he sido, lo que he hecho y la obra que lego; la huella que en los demás haya dejado hablará en mi nombre a partir de mañana. Hoy, desde esta casa en la que tanto y con tantos he vivido, sólo puedo decir una cosa: gracias.

26 de octubre de 2006

la rebelión

Fotografía de Hughes Leglise-Bataille

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Se vistió lo más deprisa que pudo y se colocó la máscara. Por fin iba a sacarle partido a ese armatoste que su hija se empeñó en regalarle. Ahora no tenía más que seguir las instrucciones que la radio y la televisión repetían incansables desde hacía días. Sacó su vieja escopeta del armario, llenó los bolsillos de la chaqueta con todos los cartuchos que tenía y salió a la calle. Sabía dónde debía dispararles y lo hacía con decisión. Por muy inteligentes que se hubieran vuelto, esos malditos coches autónomos no se iban a adueñar de su ciudad. Al menos mientras a él le quedara munición.

25 de octubre de 2006

maldita niña rica (II)

Portada de la serie de TV Six Feet Under Cuando abandoné el tanatorio, el sol brillaba como si fuera a estallar. Disponía de cuatro horas para deshacerme de la lapa policial, recoger el maletín y presentarme en la terminal cuatro, donde tomaríamos el avión hacia la libertad. Si todo salía según lo planeado, Yolanda habría tenido tiempo suficiente para acercarse al banco, suplantar tu identidad y vaciar la cuenta en la que fuiste guardando esas cantidades que robabas mensualmente de la empresa familiar. Nadie, salvo tu familia y la policía, estaba al tanto de tu fallecimiento. Esa ausencia de información, unida a vuestro parecido físico y las miles de veces que había firmado en tu nombre, facilitarían la tarea y nos harían ricos y libres. Sería tu regalo de boda póstumo.
Tú no llegaste a conocer a mi padre. Una de las pocas virtudes que le recuerdo era la de escabullirse a lo Houdini. Se pasó más de la mitad de su vida acosado por acreedores, hijos ilegítimos y maridos coronados, por lo que desarrolló esa habilidad que, en más de una ocasión, me tocó compartir de forma involuntaria. Siempre me decía que el mejor día para deshacerse de alguien es el domingo. No tienes más que acercarte hasta el Rastro y tirar “sin querer” uno de los puestos que rodean la estatua de Cascorro. A partir de ese momento, cualquiera de las calles que desembocan en la plaza sirven de huida perfecta, camuflado entre la maraña de curiosos, turistas, policías y descuideros.
Por suerte para mí, ayer fue domingo.
Después de liberarme de mi acompañante, un taxi me condujo directamente hasta el intercambiador de Nuevos Ministerios. Da gusto subir la Castellana un domingo a mediodía. Apenas cuatro coches mal contados y media docena de autobuses de japoneses.Llegué a la consigna con más tiempo del que había planeado.
Sector rojo. Llave 435. El maletín no está. En su lugar, una nota con un número de teléfono que casi no puedo leer. La vista nublada y el pulso por las nubes.El teléfono de Yolanda no contestaba, así que no tuve más remedio que doblegarme al juego de la nota anónima, a sabiendas de que las sorpresas, normalmente, son desagradables.
Esta lo fue, y mucho.
Nadie descolgó el teléfono. El mensaje del contestador me dejó helado. Era tu voz. Acababa de verte tumbada en un ataúd de lujo y ahora me hablabas como recién salida de la ducha, fresca y decidida. No podía creerlo.

22 de octubre de 2006

hoy la vi

Enrique Urquijo y Los Problemas



Hoy la vi,
la nostagia y la tristeza suelen coincidir.
Se rompieron mis esquemas,
después comprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.
Y aunque no lo siento
luego no pude dormir,
y las puertas del recuerdo cedieron al fin
y aquel miedo que sentía hoy vuelvo a sentir.
Hoy la vi,
han llovido quince años que sobreviví
yo creía que sabía y nunca aprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.
Hoy la vi,
y aunque no lo siento luego no pude dormir
yo creía que sabía y nunca aprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.

(Enrique Urquijo)





Siempre he creído que Enrique escribió esta canción para mí. Si he de ser sincero, casi todas las canciones me parecen dedicatorias personales de sus autores. No los conozco, ni ellos a mí, pero estoy seguro de que sabían de mi historia antes de ponerse a componer. ¿Cómo se explica si no que a ellos les ocurra exactamente lo mismo que me sucede a mí?
Esta es una de las cientos de verdades que, aunque no puedo demostrar, ocupan mi cabeza durante la mayor parte del día. Al menos desde que estoy ingresado aquí. Otra de las certezas por las que pondría las manos en el fuego es la de que no estoy loco. Al menos no mucho más que la mayoría de los que están ahí fuera. Lo de las venas fue una estupidez, ya lo sé, pero volver a ver a Lucía resultó más impactante de lo que había esperado, y mira que llevo años recreando ese momento…
Me dolió tanto verla con otro, regalándole las caricias que antes me había negado a mí… No creo que haya que estar loco para que una cosa así te afecte. Mi siquiatra, un tipo para el que prefiero ahorrarme adjetivos, siempre me dice que hay que aprender a olvidar, que la vida es demasiado corta como para aferrarse al pasado, que la felicidad nos espera a la vuelta de la esquina.
Menuda gilipollez. A mí la felicidad se me escapó cuando ella dijo basta.
Si todos nacemos con una cantidad exacta de felicidad a repartir durante toda nuestra vida (otra de las verdades tan absoluta como indemostrable), yo ya consumí la mía hace tiempo, a su lado.
Hoy tengo que pasar la evaluación siquiátrica. Voy a portarme bien y a responder de forma coherente ese estúpido test. Puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Mañana estaré fuera.

19 de octubre de 2006

el tabaco mata

Fotografía de Tristan Nitot

De todos los vicios que puede cultivar un soltero cuarentón en una ciudad como ésta, el tabaco es el único al que nunca he podido resistirme. Siempre he sabido que, tarde o temprano, acabaría conmigo, pero jamás supuse que fuera a hacerlo con este despliegue de efectos especiales. A lo sumo, me había imaginado en una cama de hospital maldiciendo la hora en que me fumé el primer pitillo, rodeado de tubos y con un sermón médico retumbándome en los oídos, pero lo que acaban de extraerme del pulmón derecho no es una bola de alquitrán. Si estuviera aquí Calleigh, la rubia de CSI, aseguraría sin dudarlo que se trata de un calibre 22.
Mi vida siempre ha sido sencilla, ordenada y previsible. Mamá estaría orgullosa si me viera. Bueno, si me viera hoy no lo creo. Quizá podría disimular el vendaje del pecho cubriéndolo con las sábanas, pero los dientes que se quedaron en el puño de aquel tipo me han desfigurado bastante la sonrisa, sin contar con que el color del ojo izquierdo es, por decirlo de alguna forma, enfermizo. Y todo este despliegue de formas, colores, texturas y ausencias se lo debo únicamente al tabaco. Sí, ahora mismo se lo explico, señor comisario; es que si no lo cuento tal como pasó, puede que me deje algún dato importante. Al menos, así es como dice Grisom que deben detallarse los casos.
Ayer salí de la oficina a las diecisiete y diecisiete, igual que hago cada viernes desde hace veinticuatro años. A las diecisiete y diez se va mi jefe, puntual como un reloj suizo. A las diecisiete y doce ya he recogido el portátil y he terminado de colocarlo, junto a los cables, los discos, las llaves y el portafolios, en el maletín de cuero que me regalaron los compañeros cuando cumplí veinte años en la empresa. Tardo cinco minutos en recorrer el pasillo que da acceso a los ascensores del sector cuatro, bajar las veintisiete plantas que me separan de la calle y cruzar el hall principal hasta alcanzar la puerta oeste. Ya estoy fuera.
Como hago cada día, antes de tomar el metro hasta mi casa, ayer me detuve en el estanco de la calle Maravillas semiesquina a Duque de Rueda, en el que siempre compro un paquete de Chester Ultra Light, el de la cajetilla blanca y azul, que desde primeros de mayo cuesta un euro con setenta y cinco céntimos. Antes fumaba el normal, pero me he pasado al bajo en nicotina para intentar que me mate un poco más despacio. Pero ayer, por primera vez desde que doña Paquita se hiciera cargo del negocio, sustituyendo al difunto de su marido, don Arturo, la puerta permaneció cerrada todo el día. También es mala suerte que tu madre, con una salud envidiable a los noventa y cuatro años, vaya y se muera un viernes, que es el día que más caja hace el estanco, porque la gente compra provisiones para no salir de casa en todo el fin de semana. Al menos es lo que yo hago.
Ese detalle podría parecerle insignificante a cualquiera de ustedes, pero a mí me ha hecho pasar la peor noche de mi vida. Siempre compro en ese estanco, entre otras cosas porque no paso frente a ningún otro hasta llegar a mi casa, que por si no se lo he dicho antes, está en el número ciento cuarenta y cuatro de la Avenida de Aragón, la calle más larga de Madrid. Si no hay ninguna avería ni huelga de conductores, a las dieciocho y cinco ya estoy sentado en el sofá, con un sándwich vegetal en una mano y el mando de la tele en la otra. Casi nunca le pongo mayonesa, pero algunos viernes, sobre todo ahora en verano, me permito esas calorías extra como regalo de fin de semana.
Pues bien, ahora que ya le he puesto en antecedentes, paso a relatarle los hechos concretos que me han traído aquí, que han provocado el accidente múltiple, el incendio y los fallecimientos posteriores, y que imagino están ustedes deseando conocer. Si quiere, puede decirle a sus hombres que se acomoden en la cama de al lado. El señor que estaba ahí a primera hora creo que ya no va a necesitarla. Dios lo tenga en su gloria.
Siempre termino de cenar justo antes de que empiece el telediario de Matías, que sin duda es el más interesante e imparcial de los cuatro que ponen por la noche, ¿no le parece? Después de los deportes, incluyen un bloque publicitario que dura dos minutos y treinta segundos, tiempo justo para hacerme un descafeinado de sobre con una cucharada de azúcar y dos gotitas de leche. Cuando acaba el hombre del tiempo, recojo el plato, la taza y la servilleta, friego los dos primeros, guardo la tercera en su cajón y saco el cenicero pequeño de cristal, ese que regalaron hace dos años con el dominical. Por último, recupero mi sitio en el sofá y enciendo un cigarrillo mientras comienza el peliculón.
Pero ayer, como ya le he contado, no pude comprar tabaco. Ese detalle tuvo la culpa de todo.
En mi barrio, como supongo que ocurrirá en el resto de la ciudad, la gente se echa a la calle los fines de semana como si el mundo se fuera a acabar cada lunes, como si la última oportunidad en sus vidas de conocer a la persona ideal pasara por emborrachase el viernes y no soltar la botella hasta el lunes de madrugada. Y digo supongo porque yo nunca lo he hecho. Jamás he pisado otro bar que no sea el de la planta cuarenta y ocho del edificio en el que se encuentra mi oficina, pero en ese no sirven bebidas alcohólicas.
Así que, de pronto, me vi obligado a salir a la calle en busca de mi Ultra Light, aunque por una vez supongo que podría haber fumado del normal. De hecho, es posible que si hubiera aceptado comprar un rubio cualquiera, nada de esto habría ocurrido.
Desde que aprobaron la ley anti-tabaco, la mayoría de las máquinas que había en los bares han desaparecido, por lo que mi búsqueda casi se convirtió en una misión imposible. En los pocos locales en los que aún quedaban máquinas, sólo se vendían las dos marcas de siempre, y los vendedores ambulantes, que ofrecían cajetillas camufladas bajo la gabardina, tenían aún menos variedad que los bares.
Pasaba el tiempo y mi obsesión por fumar aumentaba de forma preocupante, y supongo que alteraba también mi percepción de las cosas.
Una hora y treinta y siete minutos después de haber bajado a la calle, un tipo me ofreció algo que no entendí, pero con los dedos hacía el gesto de fumar, así que me lancé hacia él como un loco, dispuesto a meterme en el pecho un celtas corto, si era necesario. Imagínese, señor comisario, la cara que se me quedó cuando ese desconocido me ofreció, en lugar de tabaco liado, una especie de placa de ese tabaco de mascar que toman en las películas del oeste, para que encima tuviera que pasarme toda la noche escupiendo. Intenté hacerle entender que no era eso lo que quería, que yo quería la cajetilla blanca de Chester, ¡la blanca, joder, la blanca!
Parece que lo de la blanca lo entendió bien, porque me preguntó en un perfecto castellano cuánto dinero. No entendí por qué me preguntaba por el dinero, si era él quien lo vendía, pero aún así le escribí en un papel “uno setenta y cinco”, y tras mirarme con cara de asombro, me hizo que le acompañara hasta el bar Kyoto, del que tan mal recuerdo guardaré para siempre.
Antes del incendio, el Kyoto ya parecía una ruina. Me recordó bastante a uno de esos reportajes sobre redadas en clubes de alterne, porque a todas las señoritas que poblaban la barra se les había olvidado en casa gran parte de la ropa. El caballero que me acompañaba, me sugirió que esperara mientras él entraba en una habitación al fondo del local. Supongo que es allí donde guardan en secreto el tabaco, porque antes de entrar tuvo que identificarse dos veces. Creo que esta nueva ley está volviendo un poco paranoico a todo el mundo.
Mientras esperaba, una joven muy simpática me dijo algo al oído en un idioma que desconozco. Le sonreí por educación y tras un breve gesto al camarero, la señorita se hizo con una botella de champán francés, que pretendía que abonara yo. Aunque intenté hacerle entender que jamás bebo alcohol y que no llevaba encima más que dos euros y treinta céntimos, siguió insistiendo en que pagara los treinta euros que había costado nuestro equívoco lingüístico. Como veía que no superaba la barrera del idioma, intenté explicarle al camarero la situación tan embarazosa que se había producido, pero cuando miré hacia arriba para amoldarme a sus más de dos metros de altura, lo único que logré ver fue un puño gigantesco que volaba hacia mi ojo izquierdo.
Desperté en una habitación oscura, maloliente y atestada de individuos orientales, desnudos y sentados alrededor de una mesa. Por suerte, el caballero que me había llevado hasta el Kyoto estaba sentado frente a mí. Él podría aclarar todo aquel embrollo y conseguirme por fin mi paquete de Ultra Light.
Ahora que lo pienso, señor comisario, resulta algo extraño que tantas personas estuviesen desnudas en una habitación tan pequeña, pero quizá se trataba de una sauna japonesa, a juzgar por el calor y la densidad del aire, que casi podía cortarse. El olor quizá procedía de esas piedras blancas que con tanto esmero raspaban hasta convertir en un polvo muy fino, al que después de pesar y volver a picar, introducían en unos paquetitos de papel. Supongo que se trataba de alguno de esos condimentos tan extraños que sirven en los restaurantes chinos, en los que desde luego jamás he puesto los pies. No es que tenga nada contra la comida de otras culturas, pero he oído más de una vez que en esos sitios descuartizan a sus muertos y los sirven con salsa agridulce. Yo prefiero los sándwiches vegetales.
El barman gigante estaba plantado a mi derecha, quizá para que pudiera verlo con el único ojo sano que me quedaba. El tipo bajito y rechoncho, que no paraba de gritarme algo referente a un maletín, resultó ser el dueño del local, al que ya no se si denominar sauna, bar o club de señoritas. Aunque traté de explicarle que yo lo único que quería era mi tabaco y disculparme por el malentendido, él siguió insistiendo en que le diera el maletín. Yo le dije que lo había dejado en casa, junto al perchero de la entrada, como hago cada día, y que no entendía qué podía tener de especial aquel viejo cartapacio de cuero.
Antes de seguir, debo aclararle que, cuando no recibo mi dosis de nicotina, el pulso me tiembla bastante más de lo normal. Como ahora. A veces, soy incapaz de escribir o de servirme una taza de café. Le cuento esto porque tiene cierta relevancia en el asunto que nos incumbe.
Con el fin de identificarme y deshacer de una vez todo el malentendido que se estaba creando, decidí sacar mi cartera y explicarle a aquellos individuos que no era más que un oficinista de categoría cuatro, tal como figura en mi pase de la empresa. Un gesto tan sencillo como ese, se convierte casi en encaje de bolillos para un pulso tembloroso como el mío. Tanto es así, que la cartera se escapó de mi mano y salió volando hacia delante. Cuando intenté alcanzarla, ignorando aún que me habían atado los tobillos con cinta americana, mi cuerpo salió disparado tras la cartera y ambos acabamos chocando con un lateral de la mesa en la que trabajaban los orientales. Parte de la culpa fue mía, no lo niego, pero ese tablero sujeto sobre caballetes no puede considerarse una mesa. Al menos no una sólida.
A partir de ese momento las cosas se complicaron bastante.
Las montañitas de ese polvo alimentario saltaron por los aires como en una réplica del belén navideño que instalaba mi abuelo. Supongo que se imagina la escena. Los orientales, embadurnados de blanco, corrían asustados hacia la puerta del fondo, mientras gritaban algo que, sintiéndolo mucho, no soy capaz de reproducir. El tipo bajito y regordete, se arrancaba de cuajo los cuatro pelos que aún poblaban su cabeza, y el puño del camarero gigante se incrustaba por segunda vez en mi cara, esta vez sustituyendo por dedos la mayor parte de mis dientes. Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta de que el asunto se ponía feo de verdad.
Mi padre siempre decía que correr es de cobardes, pero a mí me pareció buena idea echar una carrerita hasta la calle, aprovechando la puerta que había abierto el colectivo asiático. Cuando ya creía estar a salvo, tras flanquear el último de los escalones, un ruido sordo, acompañado de un profundo dolor en el pecho, me lanzó contra la pared. Aunque al principio no me di cuenta de lo que había pasado, creo que fue en ese momento cuando me hirieron. Caí al suelo e intenté arrastrarme hasta la calle, mientras los disparos se repetían sin cesar. No debía resultar sencillo apuntar en medio de aquella nube blanca, y quizá por eso, uno de los disparos reventó la botella de propano que estaba junto a la puerta. De ahí en adelante no recuerdo nada.
Uno de sus hombres me ha contado, bajo cuerda, que los restos de la puerta se estamparon contra el autobús y que ahí comenzó el accidente en cadena. También me dijo que las chicas salieron por la puerta principal al escuchar los disparos, y que los únicos fallecidos han sido el propietario, el gigante y aquel caballero tan amable que me llevó hasta el bar.
Si salgo de ésta, señor comisario, le juro que dejo de fumar.

17 de octubre de 2006

maldita niña rica

Niña rica

Ahora, plantado aquí frente a tu rostro inanimado, lo he comprendido todo. Has tenido que pagar con tu vida, pero lo has conseguido. Eres libre.

La primera vez que te vi, a la salida de aquel restaurante de lujo, supe de inmediato que acabarías siendo mi perdición. Fue uno de esos presentimientos absurdos e inexplicables, pero que cuando se presentan sabes a ciencia cierta que se terminarán cumpliendo. Tan sólo tardaste unos segundos en introducirte en aquel Audi de lunas tintadas, aunque fue más que suficiente para grabar en mi retina una imagen que me ha perseguido hasta ahora.
Te había visto tantas veces en portadas y anuncios a doble página, que no pude evitar esa sensación de conocerte desde siempre. Resultaste tan cercana, casi familiar, que sólo se me ocurrió acercarme para poder abrazarte, como tantas veces había hecho en la soledad de mi cama. El certero golpe de tu guardaespaldas me devolvió inmediatamente a la realidad, a la que nada te acerca tan perfectamente como un suelo adoquinado estrellándose contra tu cara. Maldita la hora.
Muy propio de ti aquel gesto con el que quisiste lavar tu imagen. Ese gigantesco ramo de flores, inundando literalmente mi media habitación de hospital barato. Una sonrisa de anuncio junto a mi escayola, perfectamente captada por tus fotógrafos, se encargaría de retratarte como la mejor de las samaritanas. Otra portada segura y otra mano de cal sobre una conciencia que ya no podía empapar más mentiras.
Pero cometiste el enorme error de mirarme a la cara.
Una décima de segundo bastó para transformar un gesto tan falso en un sentimiento incomprensible, para perforar esa capa de cosmética emocional y tomar asiento en tu cerebro dormido. Tú lo viste. Yo lo ví. Nadie más se percató.
En las siguientes visitas supiste envolverte a la perfección en la manta del anonimato, que tantas veces habías utilizado para escapar de situaciones comprometidas. Casi me desmayo cuando te vi aparecer con aquella peluca rubia y la bata de enfermera, tan escotada que habría resucitado de su sueño eterno al mismísimo Walt Disney. Igual que la segunda de tus demostraciones camaleónicas, aquella en la que te hiciste pasar por la venerable anciana que reparte estampitas entre los enfermos. Tan guapa, tan elegante, tan cariñosa, tan como tú. Ahora que ya no importa, puedo confesarte que durante unos minutos lograste engañarme como a un bobo. Como lo que soy.
Ahora podría parecerme casi normal, pero el día en que me dieron el alta, no podía creer que aquel muro de músculos, al que debía mi larga estancia en el hospital, me acompañara tan amablemente hasta la puerta trasera, en la que tu Audi protector guardaba el momento de nuestro reencuentro. Nunca debí haber subido en ese coche. Jamás debí aceptar ese primer beso ni ninguno de los que vinieron después.
Una vez más, y son ya tantas, sabía que estaba metiéndome en un callejón sin salida, pero en este caso lo hacía caminando sobre una alfombra de terciopelo rojo, iluminada por las farolas de diamantes que pendían de tus orejas. Otra posibilidad para meterme en líos y la misma prisa por cagarla que ha definido siempre mi existencia. De nuevo tomaba voluntariamente la carretera equivocada.
Qué divertida debió de resultarte al principio esta aventura. A ti, que te encantaba marear a millonarios decrépitos y atractivos cazafortunas, que jugabas al despiste de cama en cama como quien cambia piezas en un tablero de ajedrez. Qué pobre tonto fui al confundir tu capricho de niña rica con el amor que tantas veces había soñado en silencio. Pero mírate ahora, tirada como un juguete roto y tan muerta que ni siquiera puedes reprochármelo. ¿Quién es esa mujer que me mira sin verme? ¿Por qué no detuviste este estúpido juego antes de que nos atropellara?
Ni siquiera después de muerta me puedo librar de tu imán destructor. Esa fuerza oculta que me impidió contar la verdad en comisaría, me sigue persiguiendo. Está aquí, en este tanatorio de cinco estrellas que se ha convertido en nuestro último lujo compartido. Ese policía a sueldo de tu padre nunca me dejará tranquilo. Ahora está ahí al fondo de la sala, esperando a que salga para volver a convertirse en mi sombra. No creo que pueda aguantar mucho más esta mentira. Yo no soy como tú. Jamás lo seré.
Supongo que tú sigues culpando a Yolanda de todo esto, aunque bien pensado, ya no creo que puedas ni siquiera culpar. Llegaste a acumular tanto odio hacia ella que terminó por estallarte en la cara. Yo te quería, Ana, pero no pude cumplir ese último capricho tuyo. No contra ella.Imagino que a estas alturas ya habrás adivinado que el coche trucado era el tuyo, no el de Yolanda. Tan solo unos minutos antes de vaciar tu circuito de frenos, estuve a punto de hacer lo que me pediste, pero nadie se lo merecía menos que ella. Siempre estuvo a tu lado, fiel como un lazarillo, dispuesta a sacarte de cada lío en el que te metías y aguantando tus impertinencias a cambio de un sueldo mensual y un millón de promesas no cumplidas.
Ella te adoraba y tú la tratabas como a una esclava. Te divertía que hiciéramos el amor en la piscina para que ella tuviera que presenciarlo. Siempre a tu sombra y siempre a tus pies. Nadie en sus cabales habría aguantado lo que ella. Nadie más que ella. Nadie. Por eso explotó y te envió aquellas fotos. Por eso viste tu futuro y tu herencia tambaleándose. Sabías perfectamente que si tu pasado lésbico llegaba a oídos de tu padre, te desheredaría exactamente igual que hizo con tu hermano. Adiós a las fiestas, los aviones privados y las operaciones de estética.
Tu mundo se tambaleó hasta el punto de desear la muerte a quien tanto habías amado. No quedaba otro remedio. Tantos años de cama en cama, con hombres a los que no deseabas, cerrando los ojos y abrazando el cuerpo de Yolanda, que ya no te pertenecía. Y de pronto aparecí yo, aquel imbécil con el que estuviste jugando a la buena samaritana, justo a tiempo para convertirme en el arma ejecutora que nunca habrías podido empuñar tú sola.
No contabas con que ella se enamorara de mí. Jamás habría entrado en tus planes. Ella, que te había adorado, que habría muerto mil veces por ti, se atrevió a confesarte que ya no te quería, que prefería a un tonto como yo, a un hombre, a un ser humano. Imagino que tu ego no pudo soportarlo. Tu pedestal de mármol se resquebrajó con un solo golpe de sinceridad. Una confesión capaz de llevarte hasta el asesinato.De todas formas, habría bastado con dejarlo estar, con quitarte de enmedio y permitirle que desapareciera de tu vida. Pero no, tú no ibas a permitir que nadie te llevara la contraria. La acosaste, la amenazaste, la perseguiste y tus matones le hicieron la vida imposible. No te iba a dejar tan fácilmente. Tú misma la obligaste a desempolvar esas fotos. Ante cualquier jurado, podría alegarse que fue un chantaje en defensa propia. Un ataque defensivo.
Tampoco contabas con que yo hubiera visto el sobre. Estaba tan enamorado que habría sido incapaz de negarme a ejecutar tu crimen. Si no hubiera abierto la guantera de tu coche para coger los alicates, nunca habría descubierto esas instantáneas de dos jovencitas enamoradas, besándose en una playa desierta o desnudas sobre la cama de aquel hotel. Su nota, tan breve y sincera, me abrió los ojos y cerró definitivamente los tuyos.
Si logro deshacerme del policía, tomaré ese avión con Yolanda y desapareceré para siempre. Ya eres libre. Nadie conocerá jamás tu secreto.