números
UNO de los primeros síntomas suele ser la ira, eso lo sé. Te enfadas porque no recuerdas lo que acaba de pasar, dicen, y porque no sabes si ha pasado, frente a ti, en el salón de esa casa en la que los pasillos se te hacen corredores, y es tu casa, que te la regaló la abuela cuando pasó lo de Miguel, pero las habitaciones tienen nombres de colores pastel que aborreces, nombres pastel como crema, o azul pastel, que no sabes pronunciar, como el beige, que antes era beis, y multitud de extraños te observan desde los marcos que flanquean el pasillo donde colgaban las fotos de tu familia, de los tuyos, en otros marcos, o en esos mismos. Y porque tampoco sabes si es tu cara esa que asoma entre los azulejos del baño, en el espejo incrustado en la pared alicatada del cuarto de baño. Tu cuarto de baño. Y ves que hay
DOS almohadas en la cabecera de tu cama. Debe de ser tu cama, porque hoy has amanecido allí, con las almohadas, como si fuera tu cama. Debajo de la almohada que no plancha tu pijama hay un camisón de raso granate, morado brillante, cuyo olor te resulta cercano, como de ella, como el de ella. Ella no está hoy aquí, creo. Creo. No me acuerdo. Esta mañana, otra vez,
TRES veces cada cinco minutos, con una duración de treinta segundos, lo que reduce a cuatro y medio los minutos de sueño regalado entre canción y canción. No tendría por qué seguir esa costumbre de juventud, despertador de plástico en forma de pirámide truncada, y además no creo que tenga que madrugar, pero nunca lo pienso al acostarme; me acuerdo de acostarme. No recuerdo apagar el despertador. Me acuerdo de bastantes cosas antes de olvidarlas, cosas como nombres de personas a las que no puedo poner cara pero sé que existen, ayer existían.
CUATRO o cinco grados centígrados separan el entorno tropical de mi palo del Brasil de la temperatura exterior que cuartea los geranios del balcón. Gitanillas, no sé, vincas, alegrías o geranios, yo tampoco pondría las manos en el fuego, pero geranios, creo. Geranios casi seguro. La tierra es de bolsa, mantillo mezclado con turba vegetal, sin abono químico añadido, de las que venden en el chino donde venden las bolsas de tierra por
CINCO euros. Venden más cosas, muchas más. Las bolsas de tierra son amarillas, de plástico duro, con dibujos en relieve de flores rojas y anaranjadas. Pero creo que venden más cosas, muchas más. Otras veces he comprado cosas que ahora no puedo recordar, pero venden más cosas, por lo menos esas chocolatinas con cobertura de galleta en paquetes de
SEIS, como la serie de pasos a la entrada del portal, seis escalones, descanso, dos escalones y otra tanda de seis, descansillo a la derecha y otra más, de las de seis, catorce en total hasta mi apartamento, ochenta y cuatro peldaños más los veintiocho cruzados de dos en dos. Los he contado. Dicen que antes del verano estará instalado el ascensor, que tendrá puertas correderas y que solo se puede usar para subir. Yo también quiero bajar, pero creo que solo se puede subir, dicen que solo para subir. Bajar no. Y lo dicen sobre todo los
SIETE vecinos que son mayores y no pueden subir escaleras, pero yo sé que dos parejas son realmente mayores, los del cuarto A y los del quinto interior, viejos, como se decía antes, y doña Florita que aún se pinta para salir pero dice que se le hace interminable llegar hasta el segundo, veintiocho escalones nada más pero demasiados para una cadera de plástico, dice ella, y yo tampoco he visto esa cadera artificial, que se la pusieron cuando rodó por el entresuelo de mármol, pero tampoco sé lo que es una cadera, ni siquiera una artificial, y por eso no digo nada. Nunca digo nada, porque me invitan a las reuniones y nunca digo nada, y no me he quejado en los
OCHO años que llevo viviendo aquí, en la escalera, ni una sola vez, porque el doctor dice que debo evitar las situaciones de tensión, discutir por nimiedades o enfrentarme a grupos numerosos, de vecinos, maleantes o policías urbanos uniformados, pero que no me acuerdo de lo que me dice, casi nunca, y casi siempre termino echándome a la calle, al salir de la consulta, a pasear siguiendo la línea del carril bus, la blanca y más ancha, o a coger el metro y encomendarme al plano manuscrito que llevo en el bolsillo de atrás, el que me dio la enfermera por si algún día me perdía, pero no me pierdo, le dije, casi nunca, y ella insistió, y se lo rechacé porque ya nunca me pierdo, desde que llevo el plano, y solo me he perdido
NUEVE veces desde que empezó el tratamiento, dice mamá, que es la que lleva las cuentas. A veces le dice a papá que no llore, cuando vienen de visita y me traen paquetes de comida congelada, para que la guarde, dicen, y la ropa planchada que huele a lavanda, que no sea que yo le vaya a ver, dice, tan mayor y llorando, como me decía a mí cuando lo de Miguel, cuando se mató, porque eso sí lo recuerdo, lo de Miguel y la moto, cuando se mató, porque yo tenía
DIEZ años y todavía vivíamos en la casa de Miramar, los cuatro, y entonces no iba cada lunes a ver al doctor, que todo nos iba tan bien. Y ya casi nunca me pierdo, pero sí a veces, y tengo miedo, pero siempre me encuentran antes de que anochezca, casi siempre, y vuelvo a casa para cenar, descongelo un paquete y ceno, solo, y estudio un poco antes de acostarme, como dice mi doctor, un rato cada día, sin prisa, y me aprendo los números, hasta el
SEIS.
DOS almohadas en la cabecera de tu cama. Debe de ser tu cama, porque hoy has amanecido allí, con las almohadas, como si fuera tu cama. Debajo de la almohada que no plancha tu pijama hay un camisón de raso granate, morado brillante, cuyo olor te resulta cercano, como de ella, como el de ella. Ella no está hoy aquí, creo. Creo. No me acuerdo. Esta mañana, otra vez,
TRES veces cada cinco minutos, con una duración de treinta segundos, lo que reduce a cuatro y medio los minutos de sueño regalado entre canción y canción. No tendría por qué seguir esa costumbre de juventud, despertador de plástico en forma de pirámide truncada, y además no creo que tenga que madrugar, pero nunca lo pienso al acostarme; me acuerdo de acostarme. No recuerdo apagar el despertador. Me acuerdo de bastantes cosas antes de olvidarlas, cosas como nombres de personas a las que no puedo poner cara pero sé que existen, ayer existían.
CUATRO o cinco grados centígrados separan el entorno tropical de mi palo del Brasil de la temperatura exterior que cuartea los geranios del balcón. Gitanillas, no sé, vincas, alegrías o geranios, yo tampoco pondría las manos en el fuego, pero geranios, creo. Geranios casi seguro. La tierra es de bolsa, mantillo mezclado con turba vegetal, sin abono químico añadido, de las que venden en el chino donde venden las bolsas de tierra por
CINCO euros. Venden más cosas, muchas más. Las bolsas de tierra son amarillas, de plástico duro, con dibujos en relieve de flores rojas y anaranjadas. Pero creo que venden más cosas, muchas más. Otras veces he comprado cosas que ahora no puedo recordar, pero venden más cosas, por lo menos esas chocolatinas con cobertura de galleta en paquetes de
SEIS, como la serie de pasos a la entrada del portal, seis escalones, descanso, dos escalones y otra tanda de seis, descansillo a la derecha y otra más, de las de seis, catorce en total hasta mi apartamento, ochenta y cuatro peldaños más los veintiocho cruzados de dos en dos. Los he contado. Dicen que antes del verano estará instalado el ascensor, que tendrá puertas correderas y que solo se puede usar para subir. Yo también quiero bajar, pero creo que solo se puede subir, dicen que solo para subir. Bajar no. Y lo dicen sobre todo los
SIETE vecinos que son mayores y no pueden subir escaleras, pero yo sé que dos parejas son realmente mayores, los del cuarto A y los del quinto interior, viejos, como se decía antes, y doña Florita que aún se pinta para salir pero dice que se le hace interminable llegar hasta el segundo, veintiocho escalones nada más pero demasiados para una cadera de plástico, dice ella, y yo tampoco he visto esa cadera artificial, que se la pusieron cuando rodó por el entresuelo de mármol, pero tampoco sé lo que es una cadera, ni siquiera una artificial, y por eso no digo nada. Nunca digo nada, porque me invitan a las reuniones y nunca digo nada, y no me he quejado en los
OCHO años que llevo viviendo aquí, en la escalera, ni una sola vez, porque el doctor dice que debo evitar las situaciones de tensión, discutir por nimiedades o enfrentarme a grupos numerosos, de vecinos, maleantes o policías urbanos uniformados, pero que no me acuerdo de lo que me dice, casi nunca, y casi siempre termino echándome a la calle, al salir de la consulta, a pasear siguiendo la línea del carril bus, la blanca y más ancha, o a coger el metro y encomendarme al plano manuscrito que llevo en el bolsillo de atrás, el que me dio la enfermera por si algún día me perdía, pero no me pierdo, le dije, casi nunca, y ella insistió, y se lo rechacé porque ya nunca me pierdo, desde que llevo el plano, y solo me he perdido
NUEVE veces desde que empezó el tratamiento, dice mamá, que es la que lleva las cuentas. A veces le dice a papá que no llore, cuando vienen de visita y me traen paquetes de comida congelada, para que la guarde, dicen, y la ropa planchada que huele a lavanda, que no sea que yo le vaya a ver, dice, tan mayor y llorando, como me decía a mí cuando lo de Miguel, cuando se mató, porque eso sí lo recuerdo, lo de Miguel y la moto, cuando se mató, porque yo tenía
DIEZ años y todavía vivíamos en la casa de Miramar, los cuatro, y entonces no iba cada lunes a ver al doctor, que todo nos iba tan bien. Y ya casi nunca me pierdo, pero sí a veces, y tengo miedo, pero siempre me encuentran antes de que anochezca, casi siempre, y vuelvo a casa para cenar, descongelo un paquete y ceno, solo, y estudio un poco antes de acostarme, como dice mi doctor, un rato cada día, sin prisa, y me aprendo los números, hasta el
SEIS.



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Qué bien, Yisus ha vuelto :)
Hemos esperado mucho, pero al fin llegó... es triste, pero bonito. Nos esperan días con toda la "memoria" por delante
Bien venido.
Jo, bro, qué bonito y qué triste. Un siglo o más esperando para que casi me hagas llorar. No tienes corazón
Me daba tanta alegría dejar de ver el tacón de María, que no me di cuenta de las lágrimas. Ya te vale. Porque me gusta, que si no no te perdonaba. Un beso
Qué triste, qué bello, qué bueno que hayas vuelto, Yisus
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